Propinas

Km 41.- Los genes y el keto

Resignados a nuestro destino, en el grupo de neo-keto-paracaidistas (que realmente desearía volver a calificar como «grupo de aviadores, escaladores, caminantes, navegantes e incluso hábiles esquivadores de certeras heces de monos borrachos») se respira un silencio sepulcral. 

Aunque la guía nos ha explicado calmadamente qué debemos hacer (y cuándo) para abrir el paracaídas y descender cómodamente sobre tierra firme con todos los huesos intactos, la mayoría de nosotros no logra disimular el sobrecogedor terror que invade nuestro ser. Aunque muchos estamos tentados de echar el freno y retirarnos de la aventura, medio paralizados por el miedo, el grupo en pleno se acerca a la puerta de la avioneta con palpable resignación. Al abrirla, una bocanada de inclemente viento nos empuja contra las paredes e incluso desvía la trayectoria de la nave, que zozobra por unos segundos. Visiblemente emocionada, la guía se despide de nosotros y del piloto con una amplia sonrisa… y se lanza, al grito de algo que nos suena sospechosamente a «¡Cenicientaaaaa!!!»

Asumido ya por todos que no hay vuelta atrás, nos lanzamos también, embargados por una mezcla heterogénea de pánico y adrenalina, cada uno al son de su propio «grito de Gerónimo» particular.

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¿Conoces la llamada «piedra de Rosetta»

Es un fragmento de losa con inscripciones talladas que se encontró en 1803 (con la afortunada particularidad de que incluye tanto jeroglíficos como su muy oportuna traducción al griego). Fue el descubrimiento que abriría las puertas a Jean François Champollion (un tenaz y brillante egiptólogo francés) a descifrar la escritura de los antiguos egipcios, oculta durante milenios, apenas veinte años después. Pues hace ya veinte años también que se completó la secuenciación del genoma humano, nuestra propia piedra de Rosetta. Y su posterior escudriñamiento incansable ha abierto las puertas a la biomedicina y a la nutrición personalizada del futuro, que busca promover la salud en función de lo que dictan nuestros genes.

Como en la vida misma, en la senda de la dieta cetogénica (y en la vertiginosa caída libre que pondrá a prueba nuestro arrojo y audacia a lo largo de este penúltimo ketómetro), no hay dos caminos idénticos. Igual que cada uno nace con su color de ojos, altura, complexión y habilidades diversas, también podemos diferir en nuestra capacidad de metabolizar las grasas y en el rendimiento de nuestro páncreas. Si los genes nos hacen unos quemadores de grasa poco hábiles, pero nos han regalado un páncreas súper campeón mundial y unas células con una sensibilidad insulínica a prueba de bombas… esta dieta podría no ser nuestra mejor opción. Obviamente, no es mi caso (y sospecho que, si has tenido la infinita paciencia de llegar hasta aquí, tampoco el tuyo). Yo puedo aseverarlo sin titubear (porque he tenido acceso libre a mi abultado historial médico, a mis análisis genéticos y a muchos años de obsesiva auto-experimentación, que me han permitido inferir mil y una singularidades sobre mí – salí ya un pelín taradilla de fábrica, pero he aprendido a mimar mis vulnerabilidades y potenciar mis fortalezas), pero no sé por dónde te mueves tú.

La genética es fascinante, sí, pero también es complicada del carajo. 

Como no sé hasta dónde llega tu particular interés, no te voy a infligir un ketómetro entero de disertación sobre los distintos polimorfismos o variantes genéticas que influyen en nuestra diversidad de respuesta a la dieta, porque son muchos y el tiempo de caída libre es limitado. Además, afortunadamente, expertos mucho más duchos en la materia que yo – capitaneados por la Dra. Lucia Aronica[1] (una re-prolífica profesora de epigenética[2] de la prestigiosa Universidad de Stanford), junto con una de nuestras keto-eminencias, el Dr. Jeff Volek, además del súper-mega-gurú de los biohackers que conocimos en el ketómetro anterior, el Dr. Dominic D’Agostino (todos ellos, por cierto, colegas keto-caminantes), ya nos los han detallado bellamente en un artículo publicado en 2020 en el supra-influyente British Medical Journal[3], que además es de libre acceso para todo aquel que tenga curiosidad.   

Ahora, si hacerte unos análisis genéticos para después pasar varios años de tu vida consciente auto-experimentando obsesivamente no entra en tus planes, te lo puedo resumir con un sencillo: «Si después de un par de meses de rigurosa restricción de tus hidratos de carbono, basando tu ingesta en alimentos reales (no en barritas de proteínas con una larga y obscura lista de ingredientes), te encuentras peor o continúas sin ni siquiera vislumbrar a lo lejos el mítico arcoíris proverbial de la cetosis (y antes de aventurarte por el mundillo keto estabas corriendo maratones, con la piel impoluta, la mirada radiante, rebosando energía, masacrando sin piedad a tus contrincantes al trivial y con la misma talla de pantalón que a los 25), plantéate volver al redil de la quema de glucosa.»

No es lo habitual, pero puede pasar. Y no es lo habitual, entre otras cosas (esas cuya cantinela llevamos repitiendo 40 ketómetros), porque hoy sabemos que nuestro fiel cuerpo cetónico, el β-hidroxibutirato de mis amores, tiene poder epigenético… y mucho[4]. No solo aumenta la expresión de genes que luchan contra el estrés oxidativo[5] (sí, aquel acúmulo de radicales libres que acaba por dañar los tejidos), también reduce la inflamación de baja intensidad[6], característicos ambos de las ubicuas enfermedades crónicas no transmisibles. O lo que en llano y campechano castellano sería algo así como que «el β-hidroxibutirato motiva a nuestros genes a ponerse las pilas y trabajar a destajo para anti-oxidarnos (o rejuvenecernos a nivel celular) y defendernos tanto del sobrepeso, la diabetes, los virus o enemigos patógenos diversos y las infecciones, como de las células rebeldes potencialmente cancerosas». Vamos, que nuestro fiel cuerpo cetónico nos protege de caer enfermos atacando por dos flancos y allá donde la prevención activa es más eficaz, donde se corta todo el bacalao, en nuestros genes. 

Suena a alguien a quien todos querríamos en nuestro equipo, ¿verdad?

Aunque nuestro buen β-hidroxibutirato no es el único con poder para biohackear el genoma que nos haya tocado en suerte. 

Conforme la ciencia avanza (y a pesar de lo extraordinariamente complejo de la disciplina – imagina la colosal tarea que supone trazar un mapa más o menos riguroso de todas las interacciones que se dan entre decenas de miles de genes, tropecientos tipos de nutrientes y sus mil efectos sobre la salud), poco a poco, el atlas genómico va tomando forma.

Y una de sus estrellas rutilantes (la que yo estimo inspira más dudas y provoca más inquietudes en consulta, al menos entre los que llegan hasta a mí a través del laboratorio genético), es el ya célebre MTHFR. Este gen levanta auténticas pasiones porque presenta polimorfismos (o variantes) que pueden dificultar considerablemente su labor (lo que a su vez suele repercutir en que tendamos a tener problemas de salud) con bastante asiduidad, pero es relativamente fácil de biohackear… con la mera nutrición.

Imagina que hoy es la gran noche en la que el príncipe (que no solo es «príncipe», sino también un generosísimo y afable ser humano que se deja la piel por la paz mundial y la felicidad universal) pretende encontrar el amor, invitando a las doncellas casaderas del reino a un fastuoso baile. La bella y abnegada Cenicienta parece condenada a quedarse en casa barriendo toda la noche, hasta que su desgarradora tristeza convoca mágicamente a una oportuna hada madrina.

La proverbial piedra de Rosetta

Imagina también que el hada le conjura a su sacrificada ahijada el vestido más lindo jamás visto sobre la faz de la Tierra, unos refulgentes (y comodísimos) zapatos de cristal y un peinado a la altura de ambos. También convierte a sus amistosos ratones en unos elegantísimos corceles blancos para que la lleven a palacio en una preciosa y opulenta carroza que recuerda vagamente a una humilde calabaza. He aquí «la Cenicienta afortunada» (cuyo gen MTHFR no presenta ni la variante A1298C, ni el C677T).

Ahora imagina que el hada madrina ha amanecido con flojera y anda regular de poderes mágicos. Con mucho esfuerzo y conmovida por su profunda desdicha, logra conjurarle a Cenicienta un sugerente camisón de franela, unas chanclas hawaianas, el corte de pelo de la teniente O’Neil y un trineo tirado por dos canguros muy enérgicos pero poco obedientes. Te presento a «la Cenicienta en apuros» (cuyo gen MTHFR es A1298C homocigoto o C677T heterocigoto)[7].

Y ahora imagina que la varita mágica se ha roto y el hada madrina, impotente, no atina más que a conjurar una vieja túnica de monje franciscano sucia y remendada, unas enormes aletas de natación de un chillón amarillo fosforito, las rastas de Bob Marley y una vieja carretilla embarrada tirada por dos topos malhumorados y cortos de vista. Érase «la sempiterna Cenicienta» (cuyo gen MTHFR, a su vez, es C677T homocigoto).

Coincidirás conmigo en que por muy linda, bondadosa y felizmente casadera que sea Cenicienta, las probabilidades de que el príncipe caiga enamorado a sus pies no son las mismas en las tres situaciones. 

En la primera, el éxito está casi asegurado. En la segunda, cabe la posibilidad de que el hombre vea más allá de la cabeza rapada y acabe por enamorarse también, aunque no sin ciertas reticencias. Y en la tercera, casi haría falta un milagro para que la pobre Cenicienta abandonase la soltería y se sentase en el trono. Y la única diferencia entre estos resultados tan dispares es la eficacia de la magia que conjura el hada madrina, que para convertir calabazas en carretillas y ratones en topos, cierta habilidad sí hay que tener.

MTHFR es el gen responsable de codificar la enzima del mismo nombre, la metilentetrahidrofolato reductasa. Se le apoda el «maestro de la metilación» porque es el interruptor que la hace posible, transformando el folato dietético (la vitamina B9 de verdad, que no hay que confundir con el ácido fólico sintético) en su forma bioactiva.

Y el ciclo de metilación (que ya presentamos en el ketómetro 39 del ejercicio, cuando argumentamos la conveniencia o no de suplementar para los amantes del fitness) vendría a ser la magia del hada madrina. Si aparece (y tanto ella, como su varita, están en óptimas condiciones), el príncipe no podrá resistirse a sus encantos y Cenicienta dejará de dormir sobre la ceniza de la chimenea.

Aunque, como en todos los cuentos, algún contratiempo tenía que aparecer. Una metilación ineficiente, causada por déficits nutricionales o por mutaciones en los genes que regulan su ciclo (como las variantes en el gen MTHFR), puede desencadenar una plétora de condiciones indeseables, desde el envejecimiento prematuro a virtualmente todas las enfermedades no transmisibles que nos azotan hoy. Y esas dos variantes genéticas se sabe afectan (y mucho) a la habilidad de nuestra particular hada madrina.

«La Cenicienta en apuros» (que pretende llegar a palacio en un trineo tirado por dos canguros y conquistar al príncipe en camisón) tendría un MTHFR A1298C homocigoto o C677T heterocigoto, que se calcula la harían un 40% menos eficiente en la tarea de convertirse en reina. Y «la sempiterna Cenicienta» (que intenta llegar al baile en carretilla, con el pelo rastafari, la túnica raída y los pies de pato) habría nacido con el polimorfismo C677T homocigoto, que la condenaría a ser un 70% menos eficaz en su noble cometido. Aunque (incluso para ella) este cuento también puede tener su final feliz.

 Para ponerle el broche final a la analogía, imagina que hay cierta poción que el hada madrina puede tomar para aumentar su habilidad mágica cuando amanece con flojera, que encima puede devolver su colosal poder a la varita rota. Y es algo tan sencillo como un chute de vitaminas. Y es que aunque «la Cenicienta en apuros» y «la sempiterna Cenicienta» lo tengan más difícil que «la afortunada Cenicienta», se sabe que una alta disponibilidad de folato puede contrarrestar su mala suerte. Así que aunque nos toque el hada madrina con la varita rota, no está todo perdido. Solo tenemos que procurarnos unos niveles suficientes de magnesio y de vitaminas B2, B12 y B9 (básicamente porque MTHFR necesita tanto B2 como B12 para activar esa B9 y llevar a cabo el ciclo de metilación) y no boicotearnos con formas bioquímicas que lo entorpecen (léase el ácido fólico que desnudamos en el ketómetro 31 de la dieta paleo). 

He aquí la materialización del mítico «la información es poder».

Y qué tendrá que ver el cuento de Cenicienta y sus ínfulas de reina con el keto, te preguntarás. Pues que, afortunadamente, sabemos que reduce la inflamación crónica y el estrés oxidativo, así que le quitaría trabajo de encima a un MTHFR potencialmente poco hábil, lo que a su vez disminuiría el riesgo de que acabe fallando. La dieta cetogénica vendría a ser la poción de amor que hace que el príncipe caiga rendido a los pies de la sufrida Cenicienta, con total independencia del día que tengan el hada madrina o su varita[8].

Dicho todo esto… El genoma humano cuenta más de 25.000 genes funcionales (y un 99,5% de ellos son idénticos a los del chimpancé), invariables durante toda la vida. Y que se expresen o no dependerá en gran parte de nuestras elecciones diarias. Así que el hecho de leer en la interpretación de tus análisis que tienes tal o cual riesgo genético a desarrollar tal o cual enfermedad no es en absoluto una condena vitalicia, ni por asomo. Y aprovecho la ocasión para trasladar mi humilde opinión acerca de cuándo creo que vale la pena destinar nuestros preciados recursos a hacernos unos análisis genéticos y cuándo no. La nutrigenómica YA se apoda «la nueva ciencia del bienestar»[9] y está llamada a convertirse en la piedra angular de las ciencias de la salud del futuro, pero lo cierto es que aún se acuesta con pañales y a duras penas camina solita

Yo misma ofrezco unos análisis genéticos en mi consulta porque soy una chalada obsesiva de la disciplina, pero «hoy» no te recomendaría activamente su adquisición, a menos que quepas holgadamente en alguna de estas dos categorías: uno, que tengas mucha curiosidad y no vayas a echar de menos unos cientos de euros; y dos, que hayas hecho tus deberes cuidando tu dieta, durmiendo tus horas, dejando de fumar, saliendo al sol y moviendo ese cuerpo serrano tuyo y aun así no veas por dónde tirar para allanar tu camino hacia esa versión mejorada de ti… y que además tengas a mano a alguien con ganas de sumergirse en tus análisis para sacarles toda la utilidad práctica posible, idealmente, que también califique como chalad@ obsesiv@ de la disciplina. Aunque la genética se postule como la protagonista indiscutible de la biomedicina del futuro, aún está a años luz de poder predecir qué tipo de aproximación dietética o alimento concreto va a complacer más a nuestros genes. Aunque sí ha avanzado lo suficiente como para echarle un cable a nuestra Cenicienta particular, que, por muy virtuoso que sea, ningún príncipe de cuento de hadas se plantearía casarse con un monje rastafari.[10]

A pesar del enorme desafío inherente a la monumental tarea que ha emprendido la disciplina, parece que sí va venciendo obstáculos con rapidez. Parafraseando al enorme Dr. Ordovás (nuestro pez gordo de la nutrición, autor del imprescindible Nutrigenómica: La Nueva Ciencia del Bienestar de la bibliografía recomendada, a quien reservo un lugar de honor en mi lista de sabios favoritos, muy especialmente, desde que formó parte del intrépido elenco de expertos – que apodamos Los 12 Magníficos de Washington DC porque denunciaron el injusto sambenito que ha venido arrastrando la grasa saturada[11]): 

«Si la medicina ha logrado que vivamos más, la nutrigenómica podría ser la ciencia que haga que vivamos mejor».

A mí no me cabe duda.

Después de apenas unos segundos de caída libre que nos parecen una eternidad, vamos abriendo nuestros paracaídas sucesivamente. Un impulso repentino nos empuja hacia arriba de un tirón, poco antes de empezar a deslizarnos rumbo al lejano y duro suelo en un descenso también vertiginoso, pero extrañamente placentero… como bailando con el viento. Ninguno sabemos dónde vamos a aterrizar, ni cuál será el rumbo a seguir una vez nos plantemos abajo, cada uno donde caiga, probablemente solos y sin la reconfortante seguridad que nos regalaba la presencia de la guía (ni la menor idea de dónde estamos). Aunque, desde lo alto, conforme descendemos… parece que se va dibujando en el (cada vez menos lejano) suelo, una serpenteante línea amarilla.

Referencias de este «ketómetro»

(por orden de aparición)

[1] Dr. Lucia Aronica—Diet, genes, and your healthhttps://draronica.com/publications/

[2] La epigenética estudia los procesos por los que los genes se expresan o no como respuesta a señales bioquímicas (incluida la alimentación). Andrew Feinberg, profesor de la Universidad de Medicina Johns Hopkins, la describió así: «La epigenética es a la genética lo que la materia oscura es al estudio de las estrellas: sabemos que es importante, pero es difícil de ver».

[3] Aronica, L., Volek, J., Poff, A., & D’agostino, D. P. (2020). Genetic variants for personalised management of very low carbohydrate ketogenic diets. BMJ Nutrition, Prevention & Health, 3(2). https://doi.org/10.1136/bmjnph-2020-000167

[4] Zhu, H., Bi, D., Zhang, Y., Kong, C., Du, J., Wu, X., Wei, Q., & Qin, H. (2022). Ketogenic diet for human diseases: The underlying mechanisms and potential for clinical implementations. Nature – Signal Transduction and Targeted Therapy, 7(1), 1-21. https://doi.org/10.1038/s41392-021-00831-w

[5] Shimazu, T., Hirschey, M. D., Newman, J., He, W., Shirakawa, K., … & Verdin, E. (2013). Suppression of oxidative stress by β-hydroxybutyrate, an endogenous histone deacetylase inhibitor. Science (NY), 339(6116), 211-214. https://doi.org/10.1126/science.1227166

[6] Youm, Y.-H., Nguyen, K. Y., Grant, R. W., Goldberg, E. L., D’Agostino, D., … & Dixit, V. D. (2015). The ketone metabolite β-hydroxybutyrate blocks NLRP3 inflammasome–mediated inflammatory disease. Nature Medicine, 21(3), 263-269. https://doi.org/10.1038/nm.3804

[7] Cada gen que conforma nuestro amado ADN cuenta con dos alelos, uno en el cromosoma que hemos heredado de mamá y otro en el de papá. Se es heterocigoto para un gen cuando ambos no coinciden y homocigoto cuando sí.

[8] De ahí el particular grito de la guía al saltar. Ella misma es una Cenicienta en apuros. Nació con un polimorfismo en el gen MTHFR – que probablemente habría pasado desapercibido si hubiera seguido una dieta cetogénica bien rica en folato, con la oportuna presencia de ese  β-hidroxibutirato arengando a sus genes a desinflamarla y liberarla del estrés oxidativo, lo que le habría ahorrado todos los años de anticonceptivos orales subsiguientes al diagnóstico de síndrome de ovario poliquístico, así como las décadas de depresión y el cáncer de después.

[9] Ordovás, J. M. (2013). Nutrigenómica: la Nueva Ciencia del Bienestar. Cómo la Ciencia nos enseña a llevar una Vida Sana. Disponible en Amazon.

[10] BIBILIOGRAFÍA RECOMENDADA: Lynch, B. (2019). Limpia tus Genes: El revolucionario programa para desarrollar tu potencial genético y reescribir el futuro de tu salud. Disponible en Amazon.

[11] Y que presentamos en el ketómetro 6.