Superado el último reto (que al final ha resultado mucho más difícil que aventurarse por la sabana de los monos borrachos), nos quitamos los arneses, orgullosos de nuestra gesta vertical, mientras celebramos la llegada inminente de esa avioneta que presumiblemente nos va a ahorrar bajar por donde subimos. La miramos esperanzados mientras aterriza con una precisión milimétrica entre las dos líneas que señalan la pista. Apenas segundos después de tocar tierra, nuestra salvadora se detiene por completo y sus hélices pierden velocidad paulatinamente hasta que dejan de girar. La puerta se abre.
El piloto, con la chupa de cuero tradicional, se asoma sonriente y nos invita a subir. Sin dudar ni siquiera por un segundo, aliviados y agradecidos, nos acomodamos en la avioneta, dispuestos a abandonar nuestra condición de escaladores, convertirnos en keto-aviadores y dejarnos llevar (no sabemos dónde).
Imagina que madrugas para coger el autobús al aeropuerto, esperas allí un par de horas, te tragas un vuelo que se alarga unas cuantas más y llegas a tu destino a media tarde… sin apenas hambre (ni la inquietud de correr a comer algo, lo que sea, para acallar esa vocecita que te pide otro chute de glucosa), habiendo simplemente bebido tu botellita de agua y quizás tomado un par de cafés. Tu compañero de asiento, muy probablemente, habrá desayunado su habitual tazón de cereales con leche desnatada y el zumo de naranja de costumbre. Apenas pasado el control de seguridad del aeropuerto, ha sentido una desagradable punzada de hambre, que le ha «obligado» a gastarse una pequeña fortuna en un bocadillo muy poco vistoso. A medio vuelo, apenas un par de horas más tarde, después de mirar y remirar el panfleto con el menú, ha pedido una cerveza, una bolsita de patatas fritas y una porción de pizza para almorzar. A media tarde, ya aterrizado y apenas pasado el control de pasaportes, se acercará a la cafetería del aeropuerto para comprarse un par de magdalenas y un zumo de piña, que pagará religiosamente a precio de caviar de beluga y engullirá de camino a la parada de taxis. Y seguramente, solo un par de horas después, volverá a sentir hambre.
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Sí, se puede viajar en keto sin mayores contratiempos. De hecho, liberarse de la necesidad continua de acallar esa vocecita interna que pide a gritos otro chute de glucosa supone una ventaja enorme que te ahorra recurrir a tentempiés de calidad dudosa que nos venden como artículos de lujo. Y moverte por este mundo ya felizmente adaptado a la quema de grasa, no solo te ayudará a preservar la volátil integridad de tu cuenta corriente, también te ahorrará perder días de valiosa vida consciente en esa densa nebulosa llamada jet lag.
Sí, curiosamente, el ayuno (supra-facilitado por el codiciado estado de quema continuado de grasa que nos regala la dieta cetogénica) pesa incluso más que la disponibilidad de luz cuando el objetivo es resetear nuestro reloj interno. Y tiene todo el sentido evolutivo del universo: dormir durante la noche sería una estrategia ganadora para nuestros antepasados (y su pobre habilidad para orientarse en la oscuridad), a menos que fuera precisamente al anochecer cuando tuvieran acceso a comida (entonces no). Y ya que nuestra glándula pineal (la pequeña estructura cerebral que regula el ciclo sueño-vigilia) parece anteponer la ingesta de alimentos (sobre la que, afortunadamente, sí solemos tener control) a la oscuridad, podemos manipularla y así cambiar la hora de nuestro ritmo circadiano sin pestañear[1].
Comer o no comer… esa es la cuestión.
Cuando la comida escasea, con total independencia de nuestra exposición a la luz, parece que ese reloj corporal que regula la ingesta (que tiene prioridad sobre el que modula la respuesta al ciclo luz-oscuridad) toma el relevo. Esto se traduce en que comer (o no) influye considerablemente sobre nuestro ciclo del sueño. De hecho, se ha calculado incluso que apenas 16 horas de ayuno bastan para que el «reloj noche-día» le ceda la batuta al «reloj comida-no comida». En el escenario trotamundos que nos ocupa, esta feliz tesitura se traduce en que apenas unas horas de ayuno suponen un atajo fácil y requetebienvenido para la impepinable readaptación horaria (que te ahorra esos días de densa neblina y fatiga abrumadora) típica de los viajes largos. Aunque, en realidad, el atajo será «fácil» solo para aquellos que se embarquen felizmente keto-adaptados –que para quienes sientan esa continua punzada de hambre atroz subsiguiente a los bajones reiterados de glucosa, no.
Un requisito para biohackear felizmente ese jet lag (que hay que tener en cuenta) es que la primera toma tras el ayuno será interpretada como el comienzo de un nuevo día, mismamente el «desayuno». Así que en un vuelo transoceánico en el que la llegada esté prevista para las 12 de la mañana (hora local en destino), el buen viajero keto-adaptado podrá desayunar a eso de las 8 (que es una buena hora para empezar el día), y tomarse su café con (idealmente) un desayuno keto-apto (léase una tortilla, un aguacate con salmón o un yogur natural con un puñado de frutos secos y chocolate negro) después de un mínimo de 16 horas sin comer. Y aterrizará con el reloj en hora casi local y listo para trotar.[2]
Ahora, una vez ya viajados y felizmente recuperados del potencial cambio de huso horario, nos tocará enfrentarnos a una dura realidad. Aunque (conforme aumenta exponencialmente la popularidad de la dieta) las cosas estén cambiando a una velocidad de vértigo (y hoy ya podamos comprar keto-apaños y snacks diversos con la etiqueta de keto-friendly, incluso en los aeropuertos más modestos del medio oeste norteamericano)…
El mundo (en general) no es nada keto.
Si tu destino está en Asia, te pondrán arroz hasta en la sopa (nunca mejor dicho). Si te has regalado un viaje a las Américas, te perseguirán los frijoles, las arepas, los rebozados y la carne bañada en salsas dulces. Si te mueves por el centro de Europa, te faltarán manos para esquivar tanta patata. Si te decantas por Francia, serás ineludiblemente tentad@ por olorosos croissants recién hechos y obscenos cafés gourmand con su irresistible degustación de postres caseros. Si te arriesgas a ir a Italia, obviamente, difícil será que salgas de ella sin haberte hinchado a pasta, pizza, gelato y tiramisú. Aunque también sabes que si decides quedarte en España, te van a colocar delante un canastito de aromático pan en el preciso instante en que tu trasero toque la silla. Y tocará decidir si vale la pena tomarse unas pequeñas vacaciones (también del keto).
¡Dejo aquí un audio de propina sobre Italia y la psicosis del trigo!
Si te ha gustado, tienes un montón más en mi blog personal y en la web de las Ketofilias.
Para argumentar las decisiones que tomemos en esos momentos de trascendencia vital, me remitiré a los ketómetros 25 y 26 de las recaídas y los días trampa, que aquí resumiré en un muy obvio, claro y prístino:
«Si crees de veras que va a valer la pena y te lo puedes permitir, tanto económica, como metabólicamente… dale. Si no, pues mejor no.»
Ahora, si no quieres que ese inocente viajecillo se convierta en un parón (que te haga dar marcha atrás o incluso te obligue a volver a la casilla de salida) en tu garbeo por ese mundillo keto que tan bien te sienta, hay un par de tácticas sencillas que puedes incorporar.
La primera es no obsesionarse con medirse los cuerpos cetónicos, porque no vas a poder controlar cómo y con qué se ha cocinado lo que comas. Aunque pidas delicias keto-aptas, es muy probable que la crema de calabacín lleve más patata que calabacín, que el brillo de la ensalada se deba a un aliño caramelizado indefinido, que la salsa de tomate casera incluya su buena dosis de azúcar o que esas «albóndigas a la jardinera» sean más pan que albóndiga y su jardín no viera más que guisantes y zanahorias. No te frustres, que la afrenta metabólica sobre tu sistema no será ni remotamente parecida a hincharse a pasta, pizza, gelato y tiramisú. Esta estrategia, la eterna «ojos que no ven…», es especialmente útil cuando no se domina el idioma y el viaje no va a alargarse mucho tiempo (que tampoco es cuestión de amargarse esas tan merecidas vacaciones por un chute de glucosa más o menos).
Y la segunda es decirle a todos los camareros del universo conocido que (aunque ojalá pudieras probar esas delicias que tanto te recomiendan) muy a tu pesar, debes seguir una dieta especial por problemas de salud. Asumirán que tienes alergias o intolerancias, te ofrecerán apaños sin gluten (que puedes rechazar amablemente) y se esmerarán en procurar que todo lo que llegue a tu plato sea seguro para ti y encaja con lo que hayas pedido. Esta efectiva táctica nos vale tanto para excursiones domingueras como para desplazamientos por trabajo, escapadas de fin de semana, peregrinajes, cruceros, visitas a la familia y trayectos más o menos largos… en circunstancias normales.
Se podría argumentar que no va a ser un viaje al que vayamos a tener acceso la inmensa mayoría de nosotros, pero adivina qué se está estudiando en la NASA y entre las bambalinas del Departamento de Defensa de los Estados Unidos desde hace algunos años. Sí, adivinas bien. Se está investigando cómo el keto mejora sustancialmente tanto nuestra resistencia, como la resiliencia (no se trata solo de sobrevivir a la experiencia, sino también de salir de ella libres de traumas y tan campantes) en condiciones extremas (léase, después de semanas sin ver el sol a decenas de metros bajo el agua, por ejemplo, o incluso… en el espacio).
Nos lo cuenta el colosal Dr. Dominic D’Agostino[3], una celebridad del keto, además de ídolo de masas entre los biohackers (aquellos que utilizan la ciencia más puntera para «auto-tunearse» y optimizar tanto su salud, como su rendimiento, los conocimos en el ketómetro 34 del ayuno) y una bestia parda del fitness, que encima también ejerce de profesor e investigador en la Facultad de Medicina, Farmacología y Fisiología Molecular de la Universidad de Florida y (por si fuera poco) dedica su tiempo libre a escribir libros benéficos sobre la dieta cetogénica[4] cuyos ingresos se van al laboratorio de investigación oncológica del buen Dr. Seyfried –que logró detener el crecimiento de un glioblastoma (un cáncer cerebral fulminante) gracias a una dieta cetogénica, lo conocimos en el ketómetro 11 del keto para el cáncer. Al gran Dominic (que levanta pesas gigantescas como si fueran churrillos de porexpan) seguro que sí se lo rifaban en el colegio, tanto para los equipos de fútbol pachanguero en el recreo como para los concursos de química y de cálculo diferencial.
Parece que nuestro fiel cuerpo cetónico, el β-hidroxibutirato de mis amores, protege el sistema nervioso central en condiciones extremas (como en el submarinismo a gran profundidad o en un eventual viaje a Marte). Y esta feliz coincidencia (y lo que sigue seguro que te sonará del ketómetro 12 de las enfermedades neurológicas) se debe a que (y aquí citaré textualmente al gran Dominic), para empezar,
«preserva el metabolismo cerebral frente al estrés oxidativo»
(que es aquel acúmulo de radicales libres oxidantes que acaba por dañar el tejido si no se mete en vereda), de manera que nuestro leal cuerpo cetónico proporciona ese combustible adicional a la glucosa que nos asegura que no faltará energía aunque la situación se complique. Y, para continuar, «reduce tanto el propio estrés oxidativo, como la inflamación asociada»[5]. Y olé. Si es que no importa cuánto tiempo haya durado ya mi particular viaje por el mundillo keto, nunca deja de sorprenderme.
Así que si te ha caído del cielo un viaje que te suponga someterte a condiciones extremas (como diez horas en el coche con tus suegros o compartir tienda de camping con los mellizos de tu vecino) y quieres minimizar tu riesgo de desmayo y de estrés postraumático… hazlo en keto.
Ya sobradamente acostumbrados al ruido de las hélices (pero sin la menor idea de cuál será nuestro destino), después de lo que parecen horas sobrevolando nubes, la guía se levanta y abre un arcón situado en la cola de la avioneta. Saca una voluminosa mochila (que asegura con esmero a su cintura) y se la pone, junto con un casco y unas gafas exageradamente grandes. La comprensible inquietud que empezaba a fraguarse en el grupo de keto-aviadores se convierte en una sacudida de terror: es un paracaídas. Y parece que hay equipamiento para todos. Ninguno habíamos tenido que lanzarnos al vacío desde una avioneta que corta las nubes a miles de metros de altitud hasta ese momento… y, francamente, la mayoría habríamos deseado poder continuar así.
Referencias de este «ketómetro»
(por orden de aparición)
[1] Fuller, P. M., Lu, J., & Saper, C. B. (2008). Differential rescue of light- and food-entrainable circadian rhythms. Science (New York, N.Y.), 320(5879), 1074-1077. https://doi.org/10.1126/science.1153277
[2] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Terman, M., & McMahan, I. (2012). Chronotherapy: Resetting Your Inner Clock to Boost Mood, Alertness, and Quality Sleep. Disponible en Amazon.
[3] University of South Florida. (2017). NASA mission tests ketogenic diet undersea, simulating life on Mars. https://phys.org/news/2017-06-nasa-mission-ketogenic-diet-undersea.html
[4] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: D’Agostino, D., & Christofferson, T. (2021). The Origin (and future) of the Ketogenic Diet—Charity Publication: In support of Dr. Thomas Seyfried’s cancer research. Disponible en Amazon.
[5] D’Agostino, D. (2019). Ketosis in Extreme Environments: Mitigating Central Nervous System Oxygen Toxicity. https://www.crossfit.com/essentials/ketosis-in-extreme-environments-mitigating-central-nervous-system-oxygen-toxicity
