Keto-dilemas

Km 37.- Keto y alcohol, ¿sí o no?

Nos alejamos del espléndido oasis de los camellos datileros que tan bien nos acogió, felizmente saciados gracias a sus soberbias delicias lácticas y orgullosos de no haber caído en la poderosa tentación de los dátiles. A pesar del día soleado y precioso que nos acompaña, la guía de viaje nos recomienda fervientemente que nos pongamos de nuevo el chubasquero que guardamos en la mochila cuando amainó la lluvia, ya ocho ketómetros atrás. Y (de inicio un pelín reticentes) en seguida nos alegramos infinitamente de haber seguido su consejo. La paz y la tranquilidad que nos regala el paisaje, una vasta sabana con árboles esparcidos aquí y allá que permite avistar kilómetros a la redonda, no dura mucho. Apenas nos acercamos al más próximo, una curiosa lluvia de lo que parece un barro apestoso arremete contra nosotros.

Desconcertados, miramos a nuestro alrededor, buscando la fuente de esta precipitación tan extraña que ha venido a perturbar la calma. Parece que no es barro lo que llueve, no, huele sospechosamente mal. Y viene de la copa del árbol. Hay algo que se mueve ahí. Poco a poco, la información sensorial empieza a tomar forma y a materializarse en nuestros pasmados cerebros. 

No llueve barro, no. Son monos… son monos que nos están lanzando heces desde las ramas[1].

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Efectivamente, están protegiendo su botín y comunicándonos muy claramente que nuestra presencia allí es non grata y que no estamos invitados a compartirlo. ¡Y quién puede culparles! El árbol en cuestión es una marula, un frutal africano célebre por la pasión desenfrenada que despiertan sus frutos entre la fauna autóctona, en especial cuando están muy maduros, parte de su azúcar ha fermentado naturalmente… y contienen una buena dosis de embriagador etanol.

El amor que siente la especie por el alcohol se remonta al amanecer de los tiempos, igual que nuestra pasión por el dulce.

No exagero, no. De hecho, el Dr. Robert Dudley[2] (un biólogo de la Universidad de California en Berkeley que lleva sus buenos 25 añazos estudiando nuestra habitual atracción por este controvertido brebaje) concluye que la arrastramos desde muchísimo antes de que el primer homínido bajase de los árboles. El amor habría surgido hace millones de años, cuando nuestros lejanos antepasados primates descubrieron que el peculiar olor del alcohol les conducía hacia frutas muy maduras, nutritivas y alegremente fermentadas. Y su argumento (respaldado por ensayos que muestran que los monos actuales sienten predilección por aquellas frutas con más contenido en etanol, incluso dentro del mismo árbol[3]) ya tiene nombre, es la prístina «hipótesis del mono borracho».

Y aunque cabría opinar que esos millones de años de evolución nos han regalado algo de capacidad de autocontrol sobre nuestros amores más instintivos, no es por vicio ni por falta de fuerza de voluntad que a menudo nos resulta tan difícil decir «adiós para siempre» a la copita de vino del viernes noche o al tradicional aperitivo del domingo. La cuestión es si tal esfuerzo de renuncia es realmente necesario a perpetuidad. Y la respuesta, para variar, es un «pues depende».

En el dilema de si esa copichuela ocasional cabe en una dieta más o menos cetogénica, como ya seguro auguras, también hay opiniones para todos los gustos. Y podremos abrazar a una u otra, según cuánta necesidad tengamos de mantener una cetosis terapéutica prolongada, cuán penoso nos resulte renunciar a ese consumo moderado o social, de qué tipo de alcohol se trate… y de cómo, cuándo y cuán a menudo pretendamos tomarlo.

Primero, antes de lanzarnos a meter el champán en el congelador[4], las malas noticias

Sí, el alcohol no solo aporta calorías vacías, sino que nos aleja de la cetosis. 

Es un combustible que no podemos almacenar, así que, siempre que lo tomamos, nuestro cuerpo prioriza su quema frente a la del resto. Si tu hígado estaba tranquilamente sintetizando cuerpos cetónicos a partir de tu grasa y te tomas un vermut (aparte de que el azúcar que lleva catapultará tu glucemia de manera abrupta), la síntesis se parará hasta que se haya metabolizado todo el alcohol.

En la práctica, ese vermut te sacará de la cetosis, sí. Y el tiempo que estés fuera del selecto grupo de quemadores de grasa dependerá de la cantidad efectiva de alcohol que ingieras y de tu sensibilidad insulínica (o tu flexibilidad metabólica). Si eres uno de esos suertudos seguidores del «keto light preventivo» que siempre ha estado genial sin demasiado esfuerzo, puede ser apenas durante unas horas (primero quemarás ese alcohol, luego el azúcar y al final, si no añades más leña al fuego, muy probablemente volverás a lo tuyo sin mayores consecuencias).

Si por el contrario eres un fiel seguidor del «keto sostenible» cuya flexibilidad metabólica (o la habilidad para cambiar de combustible principal) parece que vio tiempos mejores, ese «tiempo libre» de tu cetosis dependerá también de la cantidad de alcohol que te regales y de cuán adaptado estés a la quema de grasa (si ya llevas meses o incluso años deambulando por el mundillo keto, te será más fácil correr un tupido velo a ese vermut que si eres un recién llegado que no acaba de adaptarse a él), pero la disminución en la concentración de cuerpos cetónicos en sangre puede alargarse fácilmente durante días.

Ahora, si eres un dedicado seguidor del «keto hardcore» que debe mantenerse sí o sí en cetosis terapéutica, por favor, reserva el alcohol para cuando te unas a la comunidad del «keto sostenible», que seguro que será un día memorable para celebrar.

Y ya… ¡las buenas noticias! No, lamentablemente no procedemos a ensalzar las casi milagrosas habilidades antioxidantes del vino tinto, cuyo celebérrimo y profusamente alabado resveratrol parece que apenas podemos absorber[5]… ¡ojalá! Empezaremos lanzando al aire un par de curiosidades que harán que veamos ese alcohol que ha echado a perder nuestros chubasqueros con ojos más amables (contando siempre con la premisa previa de que se disfruta en cantidades de bajas a moderadas – las apuestas entre amigos a ver quién bebe más, quedan 100% excluidas de esto).

La primera, es que tiene efectos vasodilatadores y anticoagulantes, lo que contribuiría a alejarnos de un potencial accidente cardiovascular (sí, ese ataque al corazón o esa embolia que tanto tememos), porque atenúa temporalmente la hipertensión arterial y el riesgo de coágulos en la sangre. Y la segunda, es que aumenta la concentración de las lipoproteínas de alta densidad (o HDL[6], ese «colesterol bueno» que conocimos en el ketómetro 10 de la salud cardiovascular), lo que también se asocia curiosamente con un menor riesgo cardiovascular. Quién lo iba a decir.

Esto no es un «que corra el vino» encubierto, no, ni tampoco una invitación a emborracharnos como si no hubiera mañana, día sí y día también, sino una mera observación que parece concluir en que un poquito de alcohol de vez en cuando no tiene por qué ser perjudicial, sino incluso beneficioso. Y quisiera poner un especial énfasis en eso de «poquito», porque una ventaja del keto (o inconveniente, según se mire) es que el alcohol nos sube más y más rápido. Sí, aquello de «si bebes, no conduzcas» toma especial importancia cuando deambulas por este mundillo. Y las resacas son peores, sí. Y además resulta más peligroso pasarse con él.

El mecanismo subyacente a esta keto-susceptibilidad incrementada al consumo de alcohol no está muy claro aún, pero se postula que es consecuencia de la mera deshidratación. Cuando seguimos dietas altas en glucosa, tendemos a acumular agua – sí, esa incómoda retención de líquidos – que perdemos majamente cuando empezamos nuestra andadura por el mundillo de la dieta cetogénica. Y el alcohol es un diurético (que promueve que hagamos pipí y perdamos agua), así que esa potencial keto-borrachera sumaría un cuerpo sin agua retenida y un diurético que nos dejaría… secos. Un viejo truco para ahorrarnos esto es asegurarnos de que bebemos tanta agua como alcohol (no es una estrategia muy popular en las fiestas, ¡pero funciona!)

El peligro muy serio cuyo riesgo aumenta sustancialmente cuando bebemos alcohol (léase «mucho alcohol») estando en cetosis es la cetoacidosis, 

aquel cuadro potencialmente mortal que conocimos en las primeras zancadas, causado por concentraciones anormalmente elevadas de cuerpos cetónicos en sangre, al que solo podemos llegar si somos diabéticos tipo 1… o si estamos al borde del coma etílico y siguiendo un «keto hardcore».

Así que si estás siéndole fiel a un «keto sostenible» y te apetece, tómate tu vasito de vino bueno el viernes por la noche, tu copita de champán para celebrar ese ascenso o incluso tu traguito de whisky para brindar por San Patricio, pero apóyate en esos millones de años de evolución, dale la batuta a ese córtex prefrontal pensante y no abuses, porque no te compensará (y lo digo con conocimiento de causa, también).

Dejo aquí un audio de propina sobre el keto y el alcoholismo

Si te ha gustado, tienes un montón más en mi blog personal y en la web de las Ketofilias.

En resumen, siempre y cuando nuestro «yo y mis circunstancias» nos permita ese garbeo fuera de la cetosis con cierta paz espiritual, nos hidratemos bien y nos regalemos brebajes sin azúcar (idealmente vino tinto, rosado, blanco y espumoso bien secos o destilados puros en dosis bajas), no considero que haya que fustigarse, ni arrodillarse ante el confesionario después. 

Ahora, los cubatas (léase combinados con refrescos, zumos o jarabes), así como los cócteles rebosantes de azúcar, las cervezas o los licores y vinos dulces (o incluso esas tentadoras frutas maduras de marula)… mejor omitirlos. Vamos, que esa panda de ariscos monos borrachos podrían haberse ahorrado tanto la valiosa munición, como la defensa del botín, porque no teníamos intención de compartir su preciado manjar. Aunque lo cierto es que, en el universo de los primates ebrios de etanol, no suele ser costumbre el preguntar «monamente» antes de disparar. No se lo tendremos en cuenta, que quien más, quien menos… no, realmente «todos» hemos hecho tonterías por culpa del alcohol.

Y nos alejamos del campo de batalla con la honra íntegra y la cabeza bien alta. Continuamos nuestro peculiar camino, ahora a paso ligero, serenos y despejados, evitando acercarnos a los árboles que aún van apareciendo desperdigados por la sabana, que más vale prevenir. A lo lejos, la imagen de una gigantesca pared de piedra empieza a tomar forma. No sabemos bien qué nos espera, pero mucho más peligroso que los monos borrachos lanzadores de heces no puede ser… ¿O sí?

Referencias de este «ketómetro»

(por orden de aparición)

[1] No me lo invento, no (mi creatividad tiene un límite). Es un método de comunicación no verbal bastante común entre los primates.

[2] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Dudley, R. (2014). The Drunken Monkey: Why We Drink and Abuse Alcohol. Disponible en Amazon.

[3] Campbell, C. J., Maro, A., Weaver, V., & Dudley, R. (2022). Dietary ethanol ingestion by free-ranging spider monkeys (Ateles geoffroyi). Royal Society Open Science, 9(3), 211729. https://doi.org/10.1098/rsos.211729

[4] Que además se enfría mucho antes si se cubre con agua bien fría y cubitos (sin arriesgarnos a que explote la botella).

[5] Walle, T. (2011). Bioavailability of resveratrol. Annals of the New York Academy of Sciences, 1215, 9-15. https://doi.org/10.1111/j.1749-6632.2010.05842.x

[6] De Oliveira E Silva, E. R., Foster, D., McGee Harper, M., Seidman, C. E., Smith, J. D., Breslow, J. L., & Brinton, E. A. (2000). Alcohol consumption raises HDL cholesterol levels by increasing the transport rate of apolipoproteins A-I and A-II. Circulation, 102(19), 2347-2352. https://doi.org/10.1161/01.cir.102.19.2347