Continuamos por zonas pantanosas (y potencialmente sulfurosas). Procedemos a adentrarnos en la curiosa historia del experimento que dio origen a esa verdad indiscutible que lleva décadas retumbando en nuestras mentes y permite la promoción de esas funestas galletas de margarina industriales como saludables porque reducen el colesterol [1]. Sí, las pautas nutricionales tristemente universales que aconsejan reducir nuestro consumo de grasa y de colesterol, porque supuestamente se nos acumula a traición en las arterias y nos condena a morir jóvenes y rollizos de un ataque al corazón.
Vamos a arrastrarnos por el lodo solo unos ketómetros más. Y es que la celebérrima (que no celebrada) hipótesis (aunque la hayamos elevado a la categoría de ley universal incuestionable so pena de excomunión, lo cierto es que es y siempre ha sido una mera hipótesis), ya se refutó hace un siglo[2]. La idea se materializó en la Rusia de principios del siglo pasado, de la mano de un experimento llevado a cabo por un médico ruso, el Dr. Nikolai Anichkov, quien quiso comprobar que efectivamente el consumo de colesterol provoca que las arterias se obstruyan. Y vaya si lo comprobó, sí.
El pequeño detalle que quería mencionar es que los sujetos experimentales sobre quienes se infligió el consumo de cantidades ingentes del susodicho colesterol fueron conejos… unos animales herbívoros, sobradamente preparados para digerir hierba y zanahorias, pero no colesterol. Este compuesto solo está presente en los tejidos animales, por lo que ni sus organismos, ni los de sus tatatatatarabuelos habrían tenido que lidiar jamás con él. Así que cabe la posibilidad de que ser cebados con colesterol tuviera un efecto tóxico en su metabolismo, sí. ¿No sería esa la causa de que sus arterias se obstruyeran aumentando así su riesgo cardiovascular? Pues este sugerente interrogante se quedó ahí, porque cuando el experimento se reprodujo con animales omnívoros (como las ratas), que cuentan con un sistema digestivo mucho más parecido al humano que el de los conejos, curiosamente, las arterias no se obstruían. Fíjate tú, qué cosas. La prometedora hipótesis del médico ruso fue refutada ya por sus coetáneos y relegada al olvido.
Y entonces… ¿por qué hoy seguimos sabiendo que el colesterol obstruye las arterias? Pues porque esta anécdota conejil sería solo el principio de un dramón muy largo[3].
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A mediados de siglo, la hipótesis Dieta-Corazón (según la cual el consumo de grasa —especialmente la saturada— aumenta el colesterol, lo que provoca irremisiblemente que las arterias se obstruyan, lo que a su vez nos conduce a sufrir un ataque al corazón) fue felizmente rescatada por Ancel Keys, el economista doctor en fisiología ictiológica (sí, de los peces) protagonista indiscutible del ketómetro 4 (en el que contábamos el rocambolesco origen de las pirámides alimentarias). Y tanto este señor, como la muy próspera industria alimentaria (que aparte de obtener pingües beneficios vendiendo refrescos y entes comestibles ultra-procesados, a menudo es quien financia los estudios nutricionales) se salieron con la suya. Y a principios de los 80 todos sabíamos que si utilizas mantequilla en lugar de margarina, o desayunas tortilla de sobrasada en lugar de cereales azucarados ultra-procesados, te estás suicidando lentamente, bocado a bocado, obstruyendo tus arterias con ese malvado colesterol.
Como en el ketómetro anterior, en este también quiero exponer dos portadas de la célebre revista Time, que una imagen vale más que mil palabras. La primera es del 1984, cuando la hipótesis de que comer grasa y colesterol obstruía las arterias nos hizo desconfiar de la mantequilla y la yema de huevo. Y a su vera, su portada de 15 años después, que redimía al colesterol de sus pecados e instaba a tirar la margarina, bien lejos a poder ser, y recuperar el amor por los huevos.
Y sí, milagrosamente, hace 25 años ya de esa portada. Y yo me pregunto cuándo vamos a darnos por enterados de que ni la grasa ni el colesterol son el enemigo público número 1 y de que los niveles bajos de colesterol en sangre, ni siquiera del supuestamente malo, nos ayudan a reducir nuestro riesgo cardiovascular. Y es que ese colesterol tan pernicioso y traicionero… no lo es. Lo que sí es, es una molécula formada por 27 átomos de carbono, 46 de hidrógeno y 1 de oxígeno, que nuestro hígado sintetiza sin descanso porque es rotunda y absolutamente esencial. No solo conforma las membranas de todas las células de nuestros queridos cuerpos, sino también las conexiones entre neuronas y las hormonas esteroideas (incluidas las hormonas sexuales y el cortisol, la hormona del estrés). También es la molécula precursora de la vitamina D y de la bilis, la sustancia que nos permite digerir las muy bienvenidas grasas. Así que el hígado lo fabrica incansablemente, porque siempre hay necesidad de él.
El incomprendido colesterol no es soluble en agua (por lo que en sangre tampoco), así que necesita asistencia para trasladarse desde el hígado hasta donde sea que lo necesitemos. Y lo hace viajando como pasajero en lipoproteínas[4], que vendrían a ser como repartidores que distribuyen una valiosa mercancía. Y en función de lo cargado que va el repartidor en cuestión, le hemos asignado un grado de malicia (a grandes rasgos es «a más cargado, más malo»), pero los repartidores van aligerando su carga conforme distribuyen su mercancía donde es necesaria. Aunque hoy todos hemos asimilado la supuesta tendencia bipolar del colesterol (o que hay uno bueno y uno malo), no es así. El colesterol es siempre colesterol. Esa distinción ha sido uno de los parches que se han ido colocando sobre la tambaleante hipótesis que el colesterol obstruye las arterias conforme se acumulaba evidencia en su contra. Es como quien dice una mentira una vez y le pillan pero, para no reconocerlo, se inventa otra para tapar la primera. Y luego otra para tapar la segunda. Y la bola crece hasta que la mentira acaba por desmoronarse. Y eso es precisamente lo que está pasando ahora.
Cada día son más los expertos que alzan la voz sulfurados para intentar deshacer el enorme entuerto que (ya en 1985) el Dr. George Mann, un eminente médico y bioquímico (que intentó plantarle cara al Sr. Keys, pero que lamentablemente no contaba con su descomunal influencia), describió como «el mayor engaño científico de nuestros tiempos» [5]. Y sus voces retumban cada vez más fuerte.
No me extenderé en diseccionar la ciencia (o la ausencia de ella) tras los años de colesterolfobia, porque eminencias mucho más preparadas que yo ya lo han hecho, publicando artículos en medios científicos con un notable factor de impacto con títulos tan esclarecedores como las hipótesis del colesterol y las calorías están muertas, centrémonos en la verdadera culpable, la resistencia a la insulina[6], una condición extremadamente prevalente pero muy poco diagnosticada y perfectamente controlable con meros cambios dietéticos, curiosamente contrarios a los que nos dictan las famosas pirámides. O la grasa saturada no obstruye las arterias, la enfermedad coronaria es una condición inflamatoria crónica[7] y el inmenso cómo el engaño estadístico creó la apariencia de que las estatinas son seguras y efectivas para la prevención primaria y secundaria de la enfermedad cardiovascular[8] (las estatinas son los fármacos que se recetan por doquier para rebajar los niveles de colesterol, procurando beneficios exorbitantes a sus fabricantes). Y estos tres titulares son solo un pequeño ejemplo de las decenas de artículos que empiezan a hacerse oír.
Ahora, aclarado todo esto, la primera pregunta que nos viene a la mente es: si los niveles altos de colesterol en sangre no implican un mayor riesgo cardiovascular y mantenerlos bajos no nos ayuda a procurarnos un futuro lo más longevo y saludable posible, ¿por qué nos gastamos auténticas millonadas en galletas y yogures que ayudan a controlar los niveles de colesterol y nos medicamos activamente para reducirlo? La respuesta corta es «porque es mucho más fácil y lucrativo que reconocer el error… y porque las intervenciones que realmente podrían funcionar para prevenir los ataques al corazón no se pueden vender». Y la respuesta larga la encontrarás bellamente escrita en la bibliografía recomendada[9], que escudriña con un rigor exquisito cada estudio y ruta metabólica, total para llegar a una única conclusión, que la grasa no provoca ataques al corazón y que reducir el colesterol en sangre no es en absoluto la solución.
Y la segunda pregunta que nos viene a la mente es: si no son ni la grasa, ni el colesterol, lo que nos obstruye las arterias y nos condena a morir jóvenes de un ataque al corazón, ¿qué es? Pues no tenemos ni idea. Aunque sí van surgiendo nuevas hipótesis (infinitamente más complejas que la del Sr. Keys y que sí cuadran con la fisiología de las arterias)[10] conforme la ciencia avanza (libre por fin de la pertinaz lacra colesterolfóbica), como la de los trombos que se depositan sobre el epitelio arterial, dificultando paulatinamente el paso de sangre.

La revancha del colesterol
En esta (mi primera novelilla ketofílica) cuento la historia que engendró el pavor universal al colesterol y presento la Hipótesis Trombogénica (que está llamada a sustituir a la obcecada «Dieta-Corazón»)
Dicho esto, sí se conocen algunos factores de riesgo, que apuesto a que mucho no te sorprenderán, porque son los mismos de siempre. El estrés, no dormir, no moverse, la hipertensión, el tabaco y, en general, esa comida inflamatoria que provoca picos de azúcar en sangre (léase los carbohidratos de rápida absorción, como los dulces y los farináceos refinados), así como la inflamación sistémica crónica causada por infecciones recurrentes o la exposición a sustancias tóxicas (incluidos los ubicuos aceites vegetales ricos en ácidos grasos poliinsaturados omega 6, que se oxidan con apenas mirarlos) y, en general, cualquier insulto con capacidad de dañar las paredes de los vasos sanguíneos y/o sobreactivar las plaquetas (los componentes que permiten que la sangre coagule cuando nos cortamos, pero también forman los trombos y taponan las arterias cuando se descontrolan).
El odiado colesterol[11] solo es transportado hasta los puntos calientes en respuesta a la cascada inflamatoria que se origina en el tejido dañado, porque su presencia es necesaria para repararlo.
Resumiendo: la enfermedad cardiovascular no es consecuencia de que comamos mucha grasa, lo que aumenta los niveles del colesterol que se acumula taponando las arterias, sino una compleja condición inflamatoria multifactorial que apenas comenzamos a comprender. Así que gastarnos el dinero en yogures, galletas o arroz rojo (cuya concentración de principio activo, además, no podemos controlar) y medicarnos activamente (soportando los efectos secundarios de los fármacos) para reducir los niveles de colesterol… no me parece una estrategia ganadora. Es como ponerle palos en las ruedas al camión de los bomberos. Tanto las estatinas, como el susodicho arroz rojo, lo que hacen es impedir que el hígado sintetice todo el colesterol que querría. Con todo mi cariño, no sé yo si podemos juzgar mejor que nuestro hígado cuánto colesterol necesitamos en un momento dado.
Y lo más curioso de todo es que existe evidencia[12] que sugiere que los niveles altos de colesterol disminuyen (que no aumentan) el riesgo de muerte por cualquier causa (lo que incluye el cáncer, las demencias y las enfermedades infecciosas), en especial entre los mayores de 60 —incluso los niveles del intimidante LDL[13], el susodicho «colesterol malo». Y toda esta información está ahí fuera, al alcance de todos (y no está escondida, precisamente). Incluyo, a modo de curiosidad, apenas tres titulares de los tropecientos que se pueden encontrar por ahí, publicados en medios reputados como el New York Times o el Daily Mail.
Sus títulos tampoco dejan mucho lugar para la imaginación. Desde el contundente El colesterol, la gran mentira gorda[14], al prístino Nuevas investigaciones confirman que nos equivocamos con el colesterol[15] y el rotundo imperativo No deis estatinas a más pacientes[16], un artículo firmado por un médico profesor de la escuela de medicina de Harvard, el Dr. Abramson, famoso por alegar que:
Morir con el colesterol correcto no es un resultado satisfactorio.
Seguro que en eso estamos todos de acuerdo, ¿verdad? Venga, respira hondo, que ya solo nos quedan dos ketómetros de terreno sulfuroso antes de vislumbrar por fin el rutilante arcoíris de entrada a la tierra prometida del keto terapéutico.
Referencias de este «ketómetro»
(por orden de aparición)
[1] Curiosamente, los niveles de colesterol en sangre «se reducen» porque se ve suplantado por fitoesterol (la molécula que hace las veces de nuestro colesterol en células vegetales), que no se detecta en los análisis de sangre habituales. Así que el colesterol sale más bajo en los análisis, sí, pero no tenemos ni pajolera idea de cuánto fitoesterol fluye a su anchas por nuestra sangre. Y sí, ese fitoesterol también se considera aterogénico (o que obstruye y bloquea las arterias). Muy útiles las galletas…
[2] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Kendrick, M. (2007). Great Cholesterol Con: The Truth About What Really Causes Heart Disease and How to Avoid It. Disponible en Amazon.
[3] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Ravnskov, U. (2003). The Cholesterol Myths: Exposing the Fallacy That Saturated Fat and Cholesterol Cause Heart Disease. Disponible en Amazon.
[4] En el ketómetro 10 de la salud cardiovascular conoceremos a las distintas lipoproteínas (esos «tipos de colesterol» buenos, malos y regulares).
[5] Mann, G. V. (1977). Diet-Heart: End of an Era. New England Journal of Medicine, 297(12), 644-650. https://doi.org/10.1056/NEJM197709222971206
[6] Demasi, M., Lustig, R. H., & Malhotra, A. (s. f.). The cholesterol and calorie hypotheses are both dead — it is time to focus on the real culprit: Insulin resistance. The Pharmaceutical Journal. https://pharmaceutical-journal.com/article/opinion/the-cholesterol-and-calorie-hypotheses-are-both-dead-it-is-time-to-focus-on-the-real-culprit-insulin-resistance
[7] Malhotra, A., Redberg, R. F., & Meier, P. (2017). Saturated fat does not clog the arteries: Coronary heart disease is a chronic inflammatory condition, the risk of which can be effectively reduced from healthy lifestyle interventions. British Journal of Sports Medicine, 51(15), 1111-1112. https://doi.org/10.1136/bjsports-2016-097285
[8] Diamond, D. M., & Ravnskov, U. (2015). How statistical deception created the appearance that statins are safe and effective in primary and secondary prevention of cardiovascular disease. Expert Review of Clinical Pharmacology, 8(2), 201-210. https://doi.org/10.1586/17512433.2015.1012494
[9] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Kendrick, M., Ravnskov, U., Harcombe, Z., Kummerow, F. A., Okuyama, H., Hynes, N., Langsjoen, P. H., Graveline, D., Diamond, D. M., & Rosch, P. (2016). Fat and Cholesterol Don’t Cause Heart Attacks and Statins Are Not The Solution. Disponible en Amazon.
[10] Subbotin, V. (2016). Excessive intimal hyperplasia in human coronary arteries before intimal lipid depositions is the initiation of coronary atherosclerosis and constitutes a therapeutic target. Drug discovery today. https://doi.org/10.1016/j.drudis.2016.05.017
[11] En el ketómetro 10 conoceremos a fondo al temido LDL (o «colesterol malo»), que puede aumentar cuando se sigue la dieta cetogénica provocando auténticos ataques de pánico (generalmente infundados).
[12] Jeong, S.-M., Choi, S., Kim, K., Kim, S.-M., Lee, G.,… & Park, S. M. (2018). Association of change in total cholesterol level with mortality: A population-based study. PLoS ONE, 13(4), e0196030. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0196030
[13] Ravnskov, U., Diamond, D. M., Hama, R., Hamazaki, T., Hammarskjöld, B., … & Sundberg, R. (2016). Lack of an association or an inverse association between low-density-lipoprotein cholesterol and mortality in the elderly: A systematic review. BMJ Open, 6(6), e010401. https://doi.org/10.1136/bmjopen-2015-010401
[14] Stacey, S. (2015). Cholesterol: The big fat lie, plus how to prevent heart disease. Daily Mail Online. https://www.dailymail.co.uk/home/you/article-3151962/HEALTH-Cholesterol-big-fat-lie-plus-prevent-heart-disease.html
[15] Linnekin, B. (2018). New Research Confirms We Got Cholesterol All Wrong. Reason.Com. https://reason.com/2018/09/22/new-research-confirms-we-got-cholesterol/
[16] Abramson, J. D., & Redberg, R. F. (2013). Opinion | Don’t Give More Patients Statins. The New York Times. https://www.nytimes.com/2013/11/14/opinion/dont-give-more-patients-statins.html
