Los (venturosos) 10 y 11 de febrero del impopular año 2020, una docena de científicos muy destacados del mundillo de la nutrición académica se reunieron en Washington D.C. para revisar la evidencia acerca de los efectos que la grasa saturada tiene sobre nuestra salud. Entre ellos rondaban Jeff Volek (prolífico investigador y coautor de algunas de las biblias del keto que encontrarás en la bibliografía recomendada) y don José María Ordovás (un pez gordo de la nutrición estándar de quien soy muy fan, autor del imprescindible Nutrigenómica: La Nueva Ciencia del Bienestar que recomendé en el ketómetro 2).
El afortunado encuentro marcaría un esperado punto de inflexión en la injusta historia reciente de la grasa saturada[1]. Los participantes redactaron una declaración de consenso y remitieron un comunicado al USDA-HHS, el organismo gubernamental responsable de emitir las directrices dietéticas para los estadounidenses (las más influyentes del mundo y últimas responsables del pavor que despierta la mera mención de las palabras grasa saturada, incluso en algunos círculos del keto). En ambos documentos declaraban su disconformidad con los límites impuestos al consumo diario de grasa saturada, cuyo máximo fue (aleatoriamente) dictaminado[2] en 1980 en el 10% de las calorías diarias, con el consejo añadido de reducirlo hasta un paupérrimo 7% para reducir todavía más el riesgo cardiovascular.
El intrépido elenco (estoy por bautizarles como Los 12 Magníficos de Washington DC) también manifestaba su preocupación por las consecuencias nocivas que supone la emisión de directrices dietéticas sin un fundamento científico riguroso de calidad que las sustente. Y es que (a pesar de su inmerecida fama de malísima) el consumo de la grasa saturada que encontramos en los alimentos reales (como la carne, los lácteos sin desnatar o mi idolatrado chocolate negro) no es en absoluto dañino[3], sino que, de hecho, tiene un efecto protector[4].
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La Dra. Cate Shanahan (coautora de un Libro gordo de Petete de la nutrición[5] que opino deberían leerse quienes recomiendan hincharse a proteína texturizada de soja) lo describe con admirable sencillez con su: «la naturaleza no crea grasas malas, las fábricas crean grasas malas». Y sí, esta rotunda afirmación incluye a las injuriadas grasas saturadas, que (por no contrariar la hipótesis Dieta-Corazón que catapultó al estrellato a nuestro Sr. Keys, asentando la piedra angular de la famosa pirámide alimentaria) han soportado 40 años de escarnio público (en los que nos hemos hartado a comprar comestibles ultra-procesados bajos en grasa, pero repletos de azúcar muy lucrativos y con su sellito de sano para el corazón).
Aunque los franceses no le dieron demasiado la espalda, sino que siguieron bañándose en grasa saturada (comiendo foie, queso graso y confit de pato, todo bien untado con toneladas de mantequilla) y manteniendo su incidencia de enfermedades cardiovasculares bajo mínimos (lo que daría origen a la llamada paradoja francesa[6] o el arte de ignorar un país entero cuando no cuadra con tu hipótesis), la mayoría de países desarrollados sí le colgaron el sambenito de aterogénica, sin ahondar mucho en si efectivamente lo merecía (y fue un craso error).
El ensayo clínico controlado más caro de la historia de la ciencia nutricional, la llamada Iniciativa para la Salud de la Mujer, se propuso analizar a casi 49.000 participantes con el noble cometido de afianzar la hipótesis Dieta-Corazón (y reconfirmar que la grasa es obviamente funesta para salud cardiovascular)[7], pero el destino no acompañó. Curiosamente, el único dato estadísticamente significativo de la rama nutricional del estudio (de más de 8 años de duración) indicaba que reducir el consumo de grasa era (de hecho) perjudicial (y aumentaba en un 26% el riesgo de sufrir un accidente cardiovascular) cuando ya existían antecedentes de problemas cardiovasculares. Fíjate tú, qué cosas. El estudio que iba a acallar (de una vez por todas) las voces de quienes osaban poner en duda la particular epifanía del Sr. Keys probó justamente lo contrario: que reducir el consumo de grasa no beneficia más que a quienes comercializan productos bajos en grasa.Y nadie lo cuenta con la vehemencia y pasión que le echa el valeroso profesor Timothy Noakes, que también tuvo que soportar con gran estoicismo un inmerecido escarnio público que se alargaría años… igualico que la grasa saturada.
Por responder a un tweet que le preguntaba por la conveniencia de alimentar a los bebés con una dieta rica en grasas (como la leche materna, mismamente), el valeroso Tim Noakes (un ilustre profesor de medicina deportiva sudafricano) se vio arrastrado a un juicio (que se alargaría 4 años) para defender su condición de médico. Tuvo que demostrar ante un tribunal (aportando toneladas de evidencia) que las dietas altas en grasa no son en absoluto peligrosas, sino todo lo contrario[8]. Y lo ganó. Fíjate tú, qué cosas.
No resulta fácil superar la disonancia cognitiva que nos impide ver que efectivamente estamos equivocados, ni tampoco reconocer que llevamos toda una vida dando malos consejos, especialmente cuando quienes nos rodean viven inmersos en nuestra misma convicción. El valeroso Tim tuvo las imponentes agallas de saltar a la palestra para admitir (después de toda una vida apoyando públicamente la dieta alta en hidratos de carbono y acabar enfrentándose a sus diabéticas consecuencias) que había estado equivocado toda su carrera[9]. Y en lugar de aplaudir su indiscutible valor y replantearse sus propios principios, la comunidad lipofóbica (o anti-grasa) se le echó encima (incluido el Dr. Rossouw, uno de los responsables de la Iniciativa para la Salud de la Mujer, que asumo prefiere seguir creyéndose la epifanía del señor Keys antes que los resultados de su propio estudio – y el hijo de este, que dejó al valeroso Tim verdísimo en internet, asentando los criterios que definirían el lamentable acoso académico online[10]).
No está siendo un camino de rosas, no. El mundo de la nutrición académica es peor que la casa de las dagas voladoras. Sin embargo, al final, las hipótesis sin cimientos sólidos (como la que culpa a la grasa saturada de todos los males del mundo) acaban por tambalearse y caer. Afortunadamente, esta ya ha empezado a zozobrar, aunque aún nos queda mucho trabajo por delante, en especial en el ponzoñoso frente de la divulgación. Y es que parece que nuestro subconsciente colectivo ha «saturado las grasas» de traicionera maldad aterogénica cuando, en realidad, las grasas saturadas son las más benévolas.
No entraremos a analizar su bioquímica ni su reactividad, que en estos ketómetros ya hemos sudado suficiente, pero sí quisiera trasladar una sola idea más. Precisamente con el fin de ayudar a que la ubicua concepción lipofóbica se desvanezca ya, la Dra. Zoë Harcombe[11] propone rebautizarlas y llamarlas grasas estables. Y yo me apunto al carro. En la nueva nomenclatura, el aceite de oliva sería un-poco-inestable y los aceites vegetales en los que bañan los comestibles ultra-procesados (como el de soja o el de maíz) serían muy-inestables. Imagina hasta qué punto son muy-inestables (no exageraba, no) que la ciencia forense ya ha documentado incluso su aterradora habilidad para arder espontáneamente[12]. Sí, de verdad.
El dramón empezó a principios de los años 2000, cuando se obligó a reducir la proporción de grasas trans presente en los alimentos ultra-procesados (y en las freidoras) estadounidenses, tras evidenciarse su infausta toxicidad. El problema fue que las (probadamente tóxicas) grasas ricas en ácidos grasos trans no se sustituyeron por (sanas) grasas naturales con una alta proporción de ácidos grasos saturados (estables y resistentes al calor), como la mantequilla, la manteca de cerdo, la grasa de bovino, la manteca de cacao o el aceite de coco, no, sino que las freidoras (y los tanques de mezclado de la industria alimentaria) se llenaron con aceites vegetales refinados poliinsaturados (o muy-inestables), como el de soja y el de maíz. Y ahí surgió otro problema. Visualiza la cara de estupefacción de quienes hacían la colada para los encargados de las freidoras al ver como su ropa ardía espontáneamente en las secadoras. No es broma, no. Los restos de las salpicaduras de los aceites muy-inestables que algunas (desinformadas) autoridades de la salud nos recomiendan consumir (precisamente para que eludamos el ataque al corazón que el Sr. Keys decidió que la grasa estable nos provocaría) prendían fuego a la ropa espontáneamente… después de ser lavada[13].
Estar «saturado», si eres un ácido graso, no es algo indeseable, no.
La saturación solo se refiere a la cantidad de hidrógenos que tienes enlazados a los átomos de carbono que conforman tu cadena. A más hidrógenos, más estabilidad y resistencia a la oxidación. Y las grasas oxidadas son tóxicas. Así que tener una alta proporción de ácidos grasos saturados, si eres una grasa y no deseas que quienes te coman enfermen[14], es algo bueno[15].
Un pequeño apunte más, solo para asegurarme de que ese pavor que despiertan las palabras grasa saturada se desvanece sin dejar rastro. ¿Recuerdas que la pirámide pauta un consumo máximo del 10% de las calorías diarias (y bajarlo hasta un paupérrimo 7% para reducir aún más el riesgo cardiovascular) en forma de grasa saturada? Pues los (sanísimos, esbeltos y libres de enfermedad cardiovascular) Masai, la famosa tribu africana cuya dieta tradicional se compone básicamente de sangre, carne y leche de vaca, ingieren hasta un 45% de las calorías diarias en forma de grasa saturada (o estable) de procedencia animal[16]. Y les sienta estupendamente. Igualico que a los indígenas de Tokelau, un afortunado archipiélago tropical situado en el Pacífico Sur, cuya dieta ancestral se componía básicamente de coco con coco y de lo que fuera que el mar les quisiera regalar. Pues se metían entre pecho y espalda casi la mitad de sus calorías diarias en forma de grasa saturada (o estable), esta de procedencia vegetal[17] (sí, del coco). Y curiosamente, tampoco supieron qué era el sobrepeso, la diabetes, ni la enfermedad cardiovascular, hasta que descubrieron los ultra-procesados repletos de azúcar y aceites poliinsaturados o muy-inestables. Fíjate tú, qué cosas.
Y hasta aquí nuestra pequeña disección de ese miedo infundado e irracional hacia la incomprendida grasa saturada. Ya solo me queda dar las gracias con profunda reverencia a Los Doce Magníficos de Washington DC por saltar al ruedo y reclamar justicia abiertamente. Mi más sentida ovación para ellos.
Referencias de este «ketómetro»
(por orden de aparición)
[1] Astrup, A., Magkos, F., Bier, D. M., Brenna, J. T., de Oliveira Otto, M. C., Hill, J. O., King, J. C., Mente, A., Ordovás, J. M., Volek, J. S., Yusuf, S., & Krauss, R. M. (2020). Saturated Fats and Health: A Reassessment and Proposal for Food-Based Recommendations: JACC State-of-the-Art Review. Journal of the American College of Cardiology, 76(7), 844-857. https://doi.org/10.1016/j.jacc.2020.05.077
[2] Teicholz, N. (2015). The scientific report guiding the US dietary guidelines: Is it scientific? BMJ, 351. https://doi.org/10.1136/bmj.h4962
[3] Siri-Tarino, P. W., Sun, Q., Hu, F. B., & Krauss, R. M. (2010). Meta-analysis of prospective cohort studies evaluating the association of saturated fat with cardiovascular disease. The American Journal of Clinical Nutrition, 91(3), 535-546. https://doi.org/10.3945/ajcn.2009.27725
[4] Gribbin, S., Enticott, J., Hodge, A. M., Moran, L., Thong, E., Joham, A., & Zaman, S. (2021). Association of carbohydrate and saturated fat intake with cardiovascular disease and mortality in Australian women. Heart. https://doi.org/10.1136/heartjnl-2021-319654
[5] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Shanahan, C. & Shanahan, L. (2019). Nutrición Profunda: Presentando los Cuatro Pilares de la Dieta Humana (por qué tus genes necesitan comida tradicional). Disponible en Amazon.
[6] Ferrières, J. (2004). The French paradox: Lessons for other countries. Heart, 90(1), 107-111. https://doi.org/10.1136/heart.90.1.107
[7] Howard, B. V., Van Horn, L., Hsia, J., Manson, J. E., Stefanick, M. L.,… Kotchen, J. M. (2006). Low-Fat Dietary Pattern and Risk of Cardiovascular Disease: The Women’s Health Initiative Randomized Controlled Dietary Modification Trial. JAMA, 295(6), 655-666. https://doi.org/10.1001/jama.295.6.655
[8] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Noakes, T., & Sboros, M. (2019). Real Food On Trial: How the diet dictators tried to destroy a top scientist. Disponible en Amazon.
[9] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Noakes, T., & Sboros, M. (2017). Lore of Nutrition: Challenging Conventional Dietary Beliefs. The Radical, Sustainable Approach to Healthy Eating. Robinson. Disponible en Amazon.
[10] Noakes, T., & Noakes, T. (2021). Distinguishing online academic bullying: Identifying new forms of harassment in a dissenting Emeritus Professor’s case. Heliyon, 7(2), e06326. https://doi.org/10.1016/j.heliyon.2021.e06326
[11] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Harcombe, Z. (2014). The Harcombe Diet: Stop Counting Calories & Start Losing Weight. Disponible en Amazon.
[12] Stauffer, E. (2005). A review of the analysis of vegetable oil residues from fire debris samples: Spontaneous ignition, vegetable oils, and the forensic approach. Journal of Forensic Sciences, 50(5), 1091-1100.
[13] Teicholz, N. (2014). The Big Fat Surprise: Toxic Heated Oils. The Weston A. Price Foundation. https://www.westonaprice.org/health-topics/know-your-fats/the-big-fat-surprise-toxic-heated-oils/
[14] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Enig, M. G. (2000). Know Your Fats: The Complete Primer for Understanding the Nutrition of Fats. Disponible en Amazon.
[15] En esta categoría no entran los aceites vegetales hidrogenados industrialmente que se «saturan» de manera artificial con átomos de hidrógeno para facilitar su manipulación, no.
[16] Mann, G. V., Spoerry, A., Gray, M., & Jarashow, D. (1972). Atherosclerosis in the Masai. American Journal of Epidemiology, 95(1), 26-37. https://doi.org/10.1093/oxfordjournals.aje.a121365
[17] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Solid, R. J. (2022). Dr. Chris Knobbe & The Omega 6 Apokalypse: Seed oils as cause of cancer, diabetes & heart attacks. Disponible en Amazon.
