Continuamos nuestra particular maratón cetogénica asentando los cimientos de su enorme potencial terapéutico y describiendo la fuente de su poder. Y lo haremos recurriendo a la antigua mitología griega.
Seguro que conoces (o como mínimo te suena vagamente) el mito griego que explica el origen de todos los males del mundo. Es la historia que narra como Pandora, una doncella creada por Hefesto (el dios heleno del fuego), preciosísima pero curiosona, no puede resistir la tentación de comprobar qué contiene la caja que le confía Zeus (il capo di tutti capi del monte Olimpo) cuando la manda a la Tierra (siendo perfectamente consciente de que la pobre Pandora no podrá resistir la tentación y sucumbirá a la curiosidad). Motivos ocultos y dudosas intenciones de patriarcas castigadores aparte, al abrir la susodicha caja, sin querer, la bella Pandora libera irremisiblemente a todos los males del mundo (que estaban encerrados dentro): la vejez, la enfermedad, el dolor, la envidia, la pena o la injusticia, hasta entonces desconocidas. Y por mucho que la pobre intente desesperadamente volver a cerrar la caja, el daño ya está hecho y todos los males del mundo campando a sus anchas y haciendo de las suyas por ahí.
En analogía con nuestra salud metabólica, la insulina encarnaría a la bellísima (pero falible) Pandora, y la resistencia a la misma, a su caja, con la feliz salvedad que muchos de nuestros males sí pueden volver a ser confinados en ella. Y afortunadamente, ya sabemos cómo. Las intrépidas eminencias que intentan deshacer el entuerto en el que nos ha sumido la «no-ciencia» nutricional de los últimos 40 años[1] (centrada básicamente en la fobia a la grasa y al colesterol y en la absurda idea de que el metabolismo humano es reducible a una mera resta de calorías que entran menos calorías que salen), quienes están escribiendo hoy la ciencia nutricional del futuro, han bautizado como «el verdadero culpable» al síndrome metabólico o de resistencia a la insulina. En este ketómetro detallaremos qué es. Y ya en los siguientes, veremos cómo podemos amilanarla con relativa facilidad y meros cambios dietéticos, para así reducir significativamente nuestras papeletas en una rifa que nadie quiere ganar: la de las enfermedades crónicas no transmisibles (desde las patologías cardiovasculares, al cáncer, la diabetes tipo 2 y las condiciones neurodegenerativas, en especial las flamantes diabetes tipo 3 y 4 – el alzhéimer y el glaucoma respectivamente, hasta el hígado graso y la apnea del sueño, incluso el envejecimiento prematuro y la barriga cervecera)[2].
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Seguro que sabes que los diabéticos deben inyectarse insulina para controlar su glucemia, los niveles de glucosa en sangre. La función principal de esta hormona segregada por el páncreas es asegurarse de que nuestros niveles de glucosa en sangre no se disparan. Cada vez que comemos (en especial si elegimos alimentos ricos en hidratos de carbono de rápida absorción – léase dulces, féculas y farináceos, como el pan, la pasta, el maíz y el arroz o las patatas), un tsunami de glucosa (procedente de su digestión), inunda el torrente sanguíneo. Sin embargo, los niveles elevados de glucosa en sangre son tóxicos, por lo que el páncreas no se anda con miramientos: cuanta más glucosa detecta, más insulina segrega. Así que responde en función de la dosis de carbohidrato que nos insuflamos: a más glucosa, más insulina y más esfuerzo pancreático.
Para ejercer su honroso cometido y limpiar la sangre del exceso de glucosa (evitándonos unos niveles estratosféricos de azúcar en sangre que nos aboquen a una hiperglucemia, que puede devenir en un coma) la insulina actúa como una suerte de llave bioquímica. Al unirse a sus receptores (que se encuentran en la membrana de la inmensa mayoría de nuestras células[3]), promueve la apertura de los canales de glucosa de su alrededor, lo que permite que esta acceda dentro de la célula, donde será usada como combustible o almacenada en forma de grasa.
Ser resistente a la insulina es como volverse sordo al sonido de una bella melodía al piano por haber estado expuesto durante años al ruido atronador de un taladro industrial. Mientras esa cerradura (que son los receptores de insulina) se mantenga bien lubricada, esta girará su llave plácidamente y la puerta se abrirá. Así, la glucosa podrá meterse en la célula, permitiendo que la glucemia (la glucosa en sangre proveniente de esa dieta rica en carbohidratos que se supone debemos seguir para eludir el ataque al corazón de rigor), permanezca dentro de su rango óptimo. Y podremos seguir con nuestras vidas (bañadas en dulces, féculas y farináceos industriales) sin mayores contratiempos. Esta feliz luna de miel de sensibilidad insulínica (en la que nuestros receptores se mantendrán bien lubricados y la llave bioquímica girará) se alargará durante más o menos años, en función de la vulnerabilidad genética, la dosis que efectivamente nos insuflemos y la calidad de la misma[4].
Sin embargo, la luna de miel acaba por terminar. Día tras día, año tras año, la cerradura va endureciéndose, de manera que cada vez son necesarias más manos para girar la llave. O lo que es lo mismo, cada vez necesitamos más insulina para sacar de la sangre las mega dosis de glucosa que nos metemos entre pecho y espalda. Esos macarrones que nos sentaban estupendamente cuando contábamos 20 años, con 40 nos sumen en un sopor irresistible que pide a gritos una siesta después de comer.
Y cumplimos los 50 con barriga cervecera, el hígado graso, los triglicéridos por las nubes y una prescripción vitalicia de medicación para la hipertensión. Hízose el síndrome metabólico.
Si seguimos inundando nuestra sangre con tsunamis de glucosa cinco veces al día (siguiendo esas dietas supuestamente saludables que nos instan a alimentarnos de féculas y farináceos[5]), vamos, si insistimos en hincharnos a carbohidratos cinco veces al día a perpetuidad, llegará un día en el que la cerradura se bloquee y la insulina no logre abrir los canales de glucosa. Nosotros acabaremos con la sangre abarrotada de azúcar (y de insulina simultáneamente) y nuestro páncreas agotado y al borde del colapso[6].
Vamos derechitos a la diabetes.
Así surge la sordera: conforme los receptores insulínicos se vuelven paulatinamente sordos (o resistentes), las células dejan de oír (o detectar) a la insulina. Así que no abren los canales que permiten la captación de glucosa, que sigue campando a sus anchas por el torrente sanguíneo y mandando señales al páncreas para que segregue más y más insulina que la limpie del exceso de glucosa. Esta desafortunada situación obliga a las células beta pancreáticas a trabajar a destajo (a segregar todavía más y más insulina, para añadir más manos a las llaves que intentan abrir las cerraduras), lo que a su vez hace rodar con más fuerza la bola de nieve que causó la sordera en primer lugar. Y a pesar de la presencia de grandes cantidades de insulina, los niveles excesivos de glucosa en sangre no descienden. El páncreas no da abasto.
La desafortunada apertura de la caja de Pandora acaba por provocar que los altos niveles de glucosa en sangre (tóxicos y potencialmente letales) convivan con unas concentraciones estratosféricas (pero muy poco efectivas) de insulina. Se ha liberado a la llamada resistencia a la insulina o prediabetes, el cuadro predecesor de la diabetes tipo 2.
Ahora imagina a una abuela que vive plácidamente sola, pero que empieza a estar dura de oído y que cada vez necesita que aporreen la puerta con más fuerza para oírla. Y llega un día en el que, por mucho que llamen a la puerta a cañonazos, la pobre no se entera y no la abre. Habrá que avisar a los bomberos para que abran la puerta y vean que la buena mujer está haciendo calceta tranquilamente (pero sorda como una tapia). Lo mismo ocurre con la diabetes tipo 2. Las células resisten durante décadas, volviéndose paulatinamente sordas y necesitando que aporreen su puerta cada día con un poquito más de fuerza (o que el páncreas secrete cada día más insulina para que los abrumados receptores la detecten). Hasta que llega un aciago momento en el que el pobre se colapsa y pierde la capacidad de sintetizarla. Toca llamar a los bomberos y aportar insulina exógena (como en la diabetes tipo 1). Antes de ese funesto día, se usan (idealmente) dietas terapéuticas que no aumenten innecesariamente los niveles de glucosa en sangre y requieran una respuesta insulínica mínima (mismamente cetogénicas o bajas en carbohidratos) y (ya cuando la gravedad de la sordera es considerable) fármacos que aumentan la sensibilidad insulínica (que sería como ponerle un audífono a la buena mujer) y se evita el colapso.
Así que (aunque nuestra particular caja de Pandora se haya abierto), puede volver a cerrarse gracias a nuestro incomprendido keto. El mayor problema al que nos enfrentamos es la detección temprana de los primeros estadios de sordera. Los chequeos habituales ni siquiera consideran la insulina en sangre: los análisis de rutina miden la glucosa y la hemoglobina glicosilada (que es básicamente lo mismo). Y no se suelen contrastar con la insulina (que sería lo suyo, para saber cuánta insulina se necesita para metabolizar esa glucosa). Así que los análisis de rutina no permiten comprobar que una lectura normal de glucosa convive con otra estratosférica de insulina. Y la resistencia a la insulina (o prediabetes) pasa desapercibida, lo cual es una lástima, porque es la puerta de entrada para una miríada de enfermedades crónicas.
Y si la lectura de glucosa resulta alta, puede ser casi peor. Hay quien achaca la situación a que falta insulina (porque si hubiera suficiente no se acumularía tanta glucosa en la sangre) y receta insulina exógena, que sería como pedirle a los bomberos que aporreen la puerta contigo (lo que no servirá de nada porque la buena mujer seguirá sorda y tampoco les oirá). Administrar insulina exógena a los insulinorresistentes (o prediabéticos tipo 2) para que puedan metabolizar esas dietas repletas de azúcares que nos recomiendan (porque supuestamente la grasa obstruye las arterias y nos condena a morir gordos de un ataque al corazón) es un completo sinsentido. Insulina ya hay. Y mucha. El problema es que las células no la detectan. Así… ¿no sería mucho más sensato darle un merecido descanso al explotado páncreas y evitarle esos tsunamis de glucosa cinco veces al día? La evidencia apunta claramente a que sí[7].
Los factores que contribuyen a que desarrollemos resistencia a la insulina (o que nuestra proverbial abuela se vuelva sorda) son muchos. Y a menudo es cuando varios aúnan sus esfuerzos que la condición empeora o empieza a hacerse ver, como la predisposición genética[8] y los desequilibrios hormonales, tanto congénitos como adquiridos[9]. Genes y desequilibrios aparte, hay multitud de factores ambientales que contribuyen a que el páncreas acabe por perder la batalla sobre los que sí tenemos control, como el tabaco, el estrés crónico, la exposición a tóxicos, la falta de sueño, algunos fármacos (como los que regulan el colesterol o la tensión arterial, los antipsicóticos y los antibióticos), además de (por supuesto) las dietas abarrotadas de hidratos de carbono y la inflamación sistémica crónica, causada por infecciones recurrentes o por cualquiera de los factores anteriores.
Así que (independientemente de tus niveles de glucosa en ayunas) si tienes hígado graso, barriga cervecera, acanthosis nigricans (plaquitas de piel más oscura y aterciopelada en nudillos, axilas, ingles o nuca), acrocordones (granitos indoloros con apariencia de verruga blandita y bonachona) o si, sencillamente, ya no puedes evitar caer en un estado de sopor después de comer macarrones, puedes apostar a que YA eres insulinorresistente. Ahora, si (todavía) no tienes nada de eso, ¿significa que puedes hincharte a carbohidratos tranquilamente cinco veces al día? Pues, siento ser portadora de malas noticias, pero no. Tal como demostró el colosal Dr. Kraft con sus 14.384 ensayos, la resistencia a la insulina es la condición más prevalente y menos diagnosticada a la que se enfrentan las sociedades desarrolladas (además de la última responsable de infinidad de condiciones crónicas no transmisibles)[10]. Vale la pena reiterar que los análisis habituales miden únicamente la glucemia (sin contrastarla a su vez con la insulinemia), favoreciendo que (aunque tengamos una prediabetes galopante) nos manden a casa, felicitándonos por nuestro control glucémico, con un caramelo y la sempiterna fotocopia de menú semanal repleto de galletas, pasta, pan, patatas y arroz. Así que, muy a mi pesar y aunque tu nivel de glucosa en ayunas sea envidiable, especialmente si ya hace más de veinte años que tienes derecho a voto, no eres inmune, no. Las probabilidades de que tu sensibilidad insulínica haya empezado su declive (y tu particular abuela empiece a no oír el timbre), son considerables[11].
Aparte de que irás acomodando un progresivo sobrepeso, cualquier órgano en el que desarrolles resistencia a la insulina acabará por manifestar su propia enfermedad metabólica crónica. Si son los riñones, te tocará padecer enfermedad renal crónica. Si las primeras neuronas que se vuelven sordas están en el hipocampo, la estructura cerebral encargada de crear nuevos recuerdos, el tiempo podría abocarte a un alzhéimer (el también llamado diabetes tipo 3). Si están en la sustancia negra, la estructura cerebral que se encarga de gestionar el movimiento, podría ser un párkinson el que esté al acecho. Y si están en el nervio óptico, es el glaucoma el que podrías encontrarte a la vuelta de la esquina (también rebautizado ya como diabetes tipo 4). El lado positivo de estas predicciones tan poco halagüeñas es que (a diferencia de los males que se escaparon de la caja de Pandora), se pueden eludir y hasta revertir.
El conocimiento es poder.
Nuestra artillería pesada contra estas enfermedades crónicas no transmisibles, en gran medida culpables de que nuestra calidad de vida vaya disminuyendo conforme cumplimos años, es la prevención. No podemos controlar todos los factores que influirán en nuestro riesgo de desarrollar una u otra condición, pero sí podemos evitarle a nuestro páncreas esa angustia agobiante cinco veces al día, dejar de fumar, no beber demasiado, regalarnos cada día un sueño reparador, dominar nuestro estrés (en lugar de permitir que este nos domine a nosotros), hacer algo de ejercicio y decir te quiero más a menudo… especialmente a ese bello ser que nos mira cada mañana desde el espejo.
Y es que incluso en el convulso mundo de la resistencia a la insulina cabe un final feliz. Aunque paralizada por el miedo, la bella Pandora pudo finalmente cerrar la caja. Y dentro, bien protegidita y a salvo de los males del mundo, guardó la esperanza.
Referencias de este «ketómetro»
(por orden de aparición)
[1] Que ya diseccionamos en los ketómetros 4 a 7.
[2] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Fung, D. J. (2018). El código de la diabetes: Prevenir y revertir la diabetes tipo 2 de manera natural. Disponible en Amazon.
[3] Algunas células cerebrales y hepáticas pueden utilizar la glucosa sin necesidad de recurrir a la insulina. Los adipocitos (células almacenadoras de grasa) y las células musculares utilizan este sistema.
[4] Cada día resuena con más fuerza la hipótesis de que la ingesta reiterada de los ácidos grasos poliinsaturados (o muy-inestables) omega 6 en los que bañan los comestibles ultra-procesados promueve la resistencia a la insulina acelerando el proceso. Así que, puestos a consumir carbohidratos, que no sean productos precocinados o procesados industriales.
[5] Una vez digeridos son básicamente glucosa y a nuestro páncreas le da igual que provenga de un bollo industrial repleto de grasas hidrogenadas o del mejor risotto del universo.
[6] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Noakes, P. T., Proudfoot, J., & Creed, S.-A. (2015). The Real Meal Revolution: The Radical, Sustainable Approach to Healthy Eating. Disponible en Amazon.
[7] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Noakes, T., Fung, J., Teicholz, N., Kendrick, M., Harcombe, Z., Cywes, R., Gerber, J., Cummins, I., Unwin, D., & Zinn, C. (2017). Diabetes Unpacked: Just Science and Sense. No Sugar Coating. Disponible en Amazon.
[8] Si el cáncer, el alzhéimer, el glaucoma, la enfermedad renal crónica, el sobrepeso, el hígado graso, la apnea del sueño, la epilepsia, la hipertensión o por supuesto la diabetes tipo 2, son viejos conocidos de la familia, tus números aumentan considerablemente.
[9] Si eres mujer y tienes reglas irregulares, problemas para concebir o pelo en sitios donde preferirías no tener, como yo, un probable síndrome de ovario poliquístico aumentaría significativamente tus papeletas. En el ketómetro 19 ahondaremos en ello.
[10] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Kraft, J. (2008). Diabetes Epidemic & You: Should everyone be tested? Absolutely not! Only those concerned about their future! Disponible en Amazon.
[11] Se estima que 4 de cada 5 personas a partir de los 40 años han iniciado ya el proceso.
