Continuamos nuestro recorrido por el itinerario del keto práctico. Dejamos atrás la llanura salpicada con tentadores manzanos (y paradas de autobús aún más tentadoras) que conformaba el particular tramo de los parones, las recaídas y los días trampa. Y parece que empieza a anochecer, se ha levantado un viento gélido muy poco hospitalario y el cielo encapotado amenaza tormenta. Estamos agotados, sedientos, hambrientos… y ya sentimos como nuestra colosal motivación inicial empieza a flaquear. Del punto de avituallamiento previo a la línea de la media maratón apenas queda un recuerdo lejano. Y comenzamos a arrepentirnos de haber rechazado ese autobús, cuando vemos, unas pocas zancadas más allá, una bucólica casita de campo.
Junto a la puerta, inmensamente feliz de vernos, con una sonrisa de oreja a oreja y los brazos bien abiertos, nos espera ese ser querido que ineludiblemente se encarga de cocinar los banquetes familiares (y a quien seguro hacía demasiado tiempo que no abrazabas). Con ilusión, nos invita a resguardarnos en su acogedor hogar y a reponer fuerzas hasta que amaine la tempestad. Nos acomodamos en su confortable sofá junto al fuego… y enseguida detectamos un aroma embriagador que sale furtivamente de su cocina.
Se abre la puerta y reaparece, sonriente, sujetando una humeante bandeja llena de deliciosas empanadas caseras repletas de amor, que nos ofrece junto con una tentadora copita de vermut «para ir matando el gusanillo hasta que la cena esté lista». Y (obviamente) no podemos decir que «no»… ni a la empanada, ni al vermut, ni a las croquetas de cocido y la cervecita que vendrán después (y que apenas conformarán el aperitivo de una reconfortante y soberbia cena casera).
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Las celebraciones y los reencuentros para festejar ocasiones felices y fechas señaladas vienen ineludiblemente acompañadas de raciones generosas de viandas, que serán más o menos tradicionales y vendrán más o menos regadas con alcohol según las costumbres de cada clan, pero siempre estarán deliciosas y llegarán aderezadas con recuerdos, olores y esa familiaridad que las convierte en simplemente irresistibles. También suelen aparecer ante nosotros junto a la mirada amorosa de ese ser querido sonriente que ha pasado incontables horas en la cocina y la asunción de que, en las ocasiones especiales, debe concederse una «bula dietética».
Si pudiéramos comprar bulas válidas y vinculantes (léase dispensas o exenciones legales) que nos permitiesen saltarnos la dieta a la torera de vez en cuando sin mayores consecuencias para nuestra envergadura corporal y salud, andarían muy buscadas para bodas o cumpleaños. Y también serían un súper-regalazo en épocas navideñas, especialmente cuando no eres tú quien cocina, ni decides el menú. Hasta ese día feliz, sin embargo, tendremos que limitar la perfidia de los excesos propios de los reencuentros y celebraciones, sin perturbar demasiado la alegre armonía del momento, ni ofender seres queridos deseosos de agasajar.
La primera circunstancia probable (y mi estrategia más efectiva para reducir las consecuencias de efemérides diversas) es, sin duda alguna, auto-proclamarse anfitrión. Yo siempre lo hago y no he recibido queja alguna hasta ahora… sino todo lo contrario. La dieta cetogénica es un filón de delicias perfectamente capaces de conformar un banquete por todo lo alto. Y si tú cocinas, tú decides el menú.
No logro imaginar a nadie que se levantase decepcionado de una mesa repleta de exquisiteces, que curiosamente son keto-aptas, como unos suculentos huevitos de codorniz rellenos con una colorada lluvia de pimentón, los chupitos de crema de espárragos (que incluimos en el «menú para regodearse» del ketómetro 21), unos jugosos keto-blinis de aguacate con rutilantes huevas de trucha y lonchitas de salmón… y un pequeño homenaje a la bella Italia en la irresistible forma de unos rollitos de calabacín al pesto con piñones, unos pinchitos caprese con tomatitos, mozzarella y hojas de albahaca fresca o unas keto-tostaditas con carpaccio de ternera y virutitas de parmesano. Y ya si la ocasión lo merece o la cartera lo permite, unas soberbias vieiras gratinadas con puré de coliflor, el sempiterno cóctel de gambas, un salpicón de pulpo, unas ostras fresquísimas con el eterno chorrillo de zumo de limón, unas obscenas alcachofas con foie, unos daditos de rape envuelto en panceta dorada y crujiente, un surtido de quesos con keto-mermelada de arándanos o una bandeja de jamón del bueno. Y que alguien ose opinar que con esta dieta te pierdes los placeres de la vida… que todavía faltan el plato principal y el postre.
Puedo dar fe de que nadie pondrá objeción alguna a los menús keto de postín, ni a la falta de pan de trigo bajo los canapés, pero sí admito que, hoy por hoy, hay que destinar varias horas en la cocina (y mucho amor) para poder acallar las voces de los familiares o los amigos keto-escépticos y asegurarte de mitigar las inevitables desconfianzas de los neófitos en tus keto-celebraciones. Así que es posible que no estés por la labor o en situación de auto-erigirte anfitrión sin herir sentimientos y romper dinámicas familiares.
La segunda circunstancia probable es que seas un feliz comensal en la mesa de ese amoroso familiar sonriente que siempre cocina en las celebraciones, porque le hace inmensamente feliz reunir y agasajar a todo el clan. En esta afortunada tesitura, suele bastar comentarle que estás siguiendo una dieta terapéutica y que aunque te costará horrores, no podrás comer esas croquetas que tanto te gustan.
En la inmensa mayoría de las veces, el muy sonriente anfitrión te preguntará amable y comprensivamente qué puedes comer e intentará adaptar el menú tradicional a tu nueva dieta. Probablemente, también, te felicitará por haber dado el paso y se esforzará por ponértelo fácil.
Bastará decirle que tu dieta incluye carne, pescado, marisco, huevos, lácteos, frutos secos, verduras y ensaladas.
Aunque si su plato estrella habitual fueran las albóndigas, no estaría de más dejarle caer que el pan mojado en leche, la harina y el pan rallado no forman parte de tu nueva dieta. Y (aunque generalmente siempre hay alguien que dice que, en navidad, las dietas se dejan en la puerta), todos (más o menos) podremos celebrar el reencuentro saciados y felices.
Y la tercera circunstancia probable es que aparezcas con una cetosis galopante (que te ha llevado varios meses lograr y mucho auto-control mantener) en la casa de tu ser querido anfitrión navideño y vislumbres una mesa repleta de aperitivos con pan bajo los canapés, arroz y fideos en el cocido, patatas jugosas y humeantes escoltando el plato principal y enormes bandejas abarrotadas de turrones, bombones, mazapanes, marquesitas y polvorones, todo bien regado con vermut, cerveza, vino y los chupitos de rigor. Ante esta a priori desafortunada tesitura, mi humilde consejo dependerá de cuánto necesites seguir en cetosis y de cuánto quieras conservar tu plaza en los banquetes navideños de ese anfitrión poco dispuesto a apoyarte en tu nueva dieta.
Si ya cuentas con un diagnóstico severo, tu amable anfitrión debería comprender que tus nuevos requerimientos no son por vicio o ganas de fastidiar. Y que tu nueva dieta terapéutica no entiende de navidades o festejos. Aunque, igual que ocurría con los días trampa… si lo que te ha traído aquí es algo de sobrepeso, una sospecha de prediabetes o la inquietud de aminorar tu velocidad de envejecimiento y reducir el número de tus papeletas en la rifa de las enfermedades crónicas no transmisibles (así que no eres un corredor de maratón por obligación, sino que el keto para ti es de seguimiento más o menos opcional) y tu anfitrión no es de natural tan sonriente o está poco por la labor de adaptar su menú tradicional… Pues quizás vale la pena marcar este día como un «día trampa de seguimiento más o menos obligado» y sencillamente compensar los excesos los días siguientes. Perderás esa cetosis que tanto te habías currao’, sí, pero no te costará mucho recuperarla. Y si ya sabes que te vas a hinchar a gluten, yo te diría que te mires unas enzimas digestivas para disminuir la afrenta.
Idealmente, si tuvieras más o menos elección (y tu poco sonriente anfitrión no se pasa controlándote y llenándote el plato de irresistibles croquetas toda la velada), opta por servirte más salmón y menos pan, más caldo y menos pasta y arroz, más plato principal y menos patatas, y por disimular con un café cuando llegue la bandeja con los turrones. Si no te ves capaz (o tu anfitrión no te quita el ojo), pues no te estreses, que mañana será otro día. Pásalo bien y disfruta del momento festivo y la compañía, que la vida es corta.
Y ese día feliz que podamos adquirir «bulas dietéticas» y saltarnos la dieta a la torera sin consecuencias para nuestra salud o envergadura corporal, pillaremos unas pocas en previsión.
