Keto práctico

Km 26.- Días trampa

Continuamos nuestra particular maratón cetogénica por la extensa llanura salpicada con tentadores manzanos que recorría el itinerario de los parones en la pérdida de peso (y las inevitables recaídas). Y nos vemos con los pies doloridos, exhaustos y con las piernas entumecidas de tanto caminar… hasta que chocamos con una parada de autobús.

Los míticos días trampacheat days (en los que se considera lícito saltarse la dieta a la torera) vendrían a ser como coger el autobús para acortar una maratón. No es lo ideal (y probablemente no nos sintamos muy orgullosos) pero, en algunas ocasiones, pueden ser la herramienta que nos permita llegar a la meta, disminuyendo las probabilidades de abandono. Su benevolencia dependerá de cuán hastiados estemos de tanto huevo con aguacate (y de cuánto necesitemos serle fiel a la dieta).

Por mucho que me empeñe, mi experiencia insiste en demostrarme que las dietas demasiado restrictivas y aritméticamente exigentes, a largo plazo, están condenadas al fracaso, con total independencia de la fuerza de voluntad inicial o de nuestro amor por el cálculo. Así que (una vez ya pulida «tu dieta keto bien formulada») mi objetivo será que encuentres cierto equilibrio y que sea sostenible en el tiempo (para ti). Buscamos un balance que te permita regodearte en ese eventual menú degustación, disfrutar de un banquete de boda libre de culpabilidades y ahorrarte la perenne sensación de que te estás perdiendo los placeres de la vida, pero sin que repercuta demasiado en tu peso y bienestar.

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Lo cierto es que no resulta difícil seguir una dieta cetogénica más o menos restrictiva sin tener que volverse anacoreta. A menos que la cita sea en una panadería o pastelería, en todas partes hay ensaladas, verduras, huevos, carne o pescado. Y donde hay tapitas de patatas bravas y croquetas, suele haberlas también de jamón, boquerones en vinagre o aceitunas. Con rechazar el pan y ahorrarte el postre (o sustituirlo por unos frutos secos o queso, incluso por algo de fruta fresca o un yogur, si la ocasión lo merece), todos contentos.

Los días trampa no se refieren a las recaídas imprevistas (que vimos en el tramo anterior), ni a la cena de fin de año o el mega-banquete de aniversario (que veremos en el tramo siguiente, el de cómo sobrevivir a las celebraciones —que llegan cuando llegan, no cuando nosotros decidimos), sino a ocasiones pre-elegidas de antemano en las que nos permitimos un garbeo más o menos largo por el mundillo no-keto. Y el formato de día trampa, su periodicidad o sus consecuencias son tan variopintos, como sus ilusionados seguidores y sus circunstancias.

Si lo que te ha traído aquí es un ligero sobrepeso, una sospecha de prediabetes o la inquietud de aminorar tu velocidad de envejecimiento y reducir el número de tus papeletas en la rifa de las enfermedades crónicas no transmisibles (evitándole a tu cuerpo serrano los picos de glucosa en sangre abruptos y reiterados que promueven la inflamación y ese acúmulo de radicales libres que oxida tus tejidos) y sientes que los huevos con aguacate te salen por las orejas o que la renuncia eterna a esa pizza de pepperoni te impide alcanzar tu plenitud espiritual… los días trampa sí podrían ser una opción de perfidia limitada a incluir en tu rutina semanal. Ahora… si ya cuentas con un diagnóstico severo y utilizas la dieta cetogénica como terapia, añadir caídas programadas a las inevitables recaídas que no vas a poder eludir, probablemente, no te hará ningún bien. Si estás entrenando para correr una maratón, caer en la tentación de coger el autobús para acortarla un poco, no te va a ayudar el día que la tengas que correr. Ahora… si estás corriendo de vez en cuando para mantenerte en forma, un pequeño atajo aquí y allá no te hará mucho mal.

Dejo aquí un audio de propina sobre la ortorexia 😃

Si te ha gustado, tienes un montón más en mi blog personal y en la web de las Ketofilias.

Cada persona es diferente y es ella y sus circunstancias. Yo soy muy estricta, pero también he comprobado muchas veces que soy bastante peligrosa y tengo motivos «de peso» (aparte del síndrome de ovario poliquístico y de un hígado ya-no-graso), como ahorrarme otro cáncer dependiente de insulina. Afortunadamente, hace ya varios años de mi última recaída descontrolada. 

En un mes subí casi 10 kilos: se despertó la comedora compulsiva que hay en mí y, con ella, mis adicciones al azúcar y al trigo. 

Aunque luego los perdí casi igual de rápido cuando volví al redil. Y ya estoy tan habituada a mi dieta (y me sienta tan bien), que es realmente difícil sacarme de ella. A día de hoy, me permito un plato de pasta, una paella, una pizza o unas tostadas apenas un par de veces al año (y siempre con la ayuda de enzimas digestivas porque, a palo seco, me sientan realmente mal). El tema dulces y pasteles lo tengo cubierto (y menos mal, que admito que son mi perdición –hablaremos de ello en el ketómetro 36).

Antes no era en absoluto consciente del efecto que los reiterados chutes de glucosa tenían sobre mí, porque vivía perennemente pocha, pero hoy lo noto muchísimo. Casi de un día para otro, vuelven el entrecejo, el bigote, los granos, la urticaria, la hinchazón, la fatiga extrema y el sentirme miserable. 

Es como si de golpe tuviera que volver a recluirme en la mítica caverna de Platón viendo solo sombras, después de haber experimentado el colorido mundo exterior. 

Sin embargo, yo sí me ubico en ese grupo de corredores de maratón perpetuos que usan la dieta cetogénica como terapia. Así que, si tú afortunadamente eres un corredor provisional, lo más probable es que puedas permitirte más días trampa que yo sin mayores consecuencias.

Como siempre… la conveniencia o no de regalarte más o menos días trampa, cada cuánto tiempo y de cuánta perfidia (no es lo mismo regalarse una paella los domingos con una copa de buen vino, que pasarse el fin de semana entero hinchándose a pan, pasta y patatas fritas, deshaciendo todo el trabajo y el esfuerzo que le echaste de lunes a viernes), dependerá de ti y de tus circunstancias. Sí te pediría que tengas cuidado con abrirle la puerta al potencial comedor compulsivo (y adicto al azúcar y al trigo) que también lleves dentro… que ese único cigarrillo ocasional no le abra la puerta a más años de indolente tabaquismo, ni ese día trampa a un mes de macarrones, pizzas… y 10 kilos más.

Igualmente, debo decir que, en ocasiones, a la larga, los días trampa tienen un efecto pro-keto, especialmente en aquellos que no son muy conscientes de que efectivamente su sensibilidad insulínica ya no es tan maravillosa y quienes emprenden su senda cetogénica sin muchas ganas o empujados por sus seres queridos. Y es, precisamente, porque es en esos días trampa cuando toman consciencia de lo mal que les sienta hincharse a pan y lo bien que se encuentran cuando siguen la dieta. Y conforme se acumulan los aprendizajes por asociación, ellos van esculpiendo una curiosa convicción (que a priori podría parecer ilógica o inaudita, porque eran quienes se mostraban más entusiastas ante su mera anticipación): que los días trampa no merecen la pena.

No seré yo la que incluya un día de croissants, macarrones, natillas y pizza en tu menú semanal (porque va en contra de mi religión), pero tampoco me echaré las manos a la cabeza porque lo hagas tú.

Eso sí, te recomendaría encarecidamente que, de inicio, evites en la medida de lo posible tanto las tentaciones que vayan a terminar sí o sí en recaída (esa quedada en una pastelería, el bar de las patatas bravas o una degustación de cervezas), como esos días trampa, al menos durante los dos o tres primeros meses. Si no, tu cuerpo no llegará a keto-adaptarse plenamente, ni tú a experimentar la proverbial claridad mental propia de la cetosis, ni tampoco a vislumbrar los arcoíris del paraíso cetogénico, si es que esos son tus objetivos.

Y si tu motivación principal fuera perder peso, obviamente, ten en cuenta que cuanto más estricta sea tu dieta, más efectiva será, sí, pero probablemente requiera más y más motivación (y fuerza de voluntad) conforme los meses pasen. Y quizás sean los días trampa lo que te permita no tirar la toalla antes de tiempo.

No te puedo dar una pauta universal para regalarte o no esos días de asueto de la dieta, porque primero tendría que valorarte a ti y a tus circunstancias, pero (aunque no te voy a dar el billete de autobús, ni a animarte a atajar), tampoco te reprocharé que lo tomes.