Nos plantamos ya en el ketómetro 16 de nuestra particular maratón cetogénica, el punto de entrada a la tórrida y humeante zona volcánica de las condiciones autoinmunes. Y decidir cuál es la mejor estrategia para cruzarla de manera segura pero provechosa será particularmente difícil, porque… ¿qué hacer cuando tu enemigo eres tú mismo?
Como general y mandamás de tu ejército, puedes planear la mejor estrategia para contrarrestar el ataque de una tropa hostil. Sin embargo, cuando la ofensiva es un inesperado «fuego amigo» (desde dentro y por error) la maniobra se complica. Despojar a tu propio ejército de su munición podría parecer la única táctica efectiva para responder al ataque, pero no lo es.
Las condiciones autoinmunes aún guardan muchos secretos. Solo conocemos el desencadenante de una (el gluten para la celiaquía). Así que los últimos responsables de la artritis reumatoide, el lupus, la tiroiditis de Hashimoto, el Crohn o la esclerosis múltiple aún son una incógnita… pero eso no significa que debamos rendirnos sin patalear. Por lo pronto, comparten un par de puntos flacos.
El primero es ese invitado comilón, hambriento y efusivo que empieza a acomodarse demasiado y no sabes cómo echar porque te conviene que aparezca de vez en cuando. Sí, aquí recibimos de nuevo a nuestra pertinaz compañera de viaje por fascículos: la inflamación.
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Y el segundo punto (flaco) en común es una elevada permeabilidad intestinal, asociada con (y probable causante de) una lista interminable de enfermedades autoinmunes[1]. El llamado síndrome del intestino permeable aparece cuando el mecanismo que permite que absorbas nutrientes, prohibiendo el acceso de paso a entes poco bienvenidos (como los organismos patógenos y las sustancias de desecho), pierde su eficacia y se atasca. Las compuertas del epitelio intestinal se abren indiscriminadamente y el sistema inmune se ve abrumado ante la «entrada no autorizada» de una ingente cantidad de partículas (que no se deberían haber «colado» dentro de ti, sino seguido su curso hasta ser expulsados al final del tubo intestinal). Y un sistema inmune (o un ejército) abrumado es más proclive a errar en el tiro y disparar «fuego amigo».
Afortunadamente, en nuestra mano está darle un merecido respiro al intestino y reducir esas agobiantes «aperturas no autorizadas». Y ahí es precisamente donde radica el poder de la terapia nutricional en la guerra contra las enfermedades autoinmunes[2]. En este encendido frente, el potencial terapéutico del keto se apoya más en su capacidad antiinflamatoria y en aquello que nos ahorra, que en insulinas bajas y glucemias controladas (que igualmente contribuyen a la causa cuando al intestino permeable se le suma la ubicua resistencia a la insulina).
Aunque el tramo se prevea incómodo y sofocante, la buena noticia es que tampoco lo recorreremos solos, no, sino que contaremos con la inestimable guía de tres supra-sabias y motivadoras eminencias más. Y la primera en aparecer es una de mis confesas «muy-más-favoritas», el colosal Dr. Alessio Fasano[3].
Decíamos algunas zancadas atrás que las palabras pueden cambiar el mundo, pues las de este dicharachero italiano afincado en Boston, gastroenterólogo de fama mundial y claro candidato al premio Nobel de medicina son tan prístinas como el chorro de la fuente del Bellagio. Su (ya célebre) mantra es The Gut is Not like Las Vegas: What Happens in the Gut Does Not Stay in the Gut o
«El intestino no es como Las Vegas: lo que pasa en el intestino no se queda en el intestino».
Y si hay alguien en este mundo que lo sabe bien, es él. Su equipo está desentrañando los sutiles mecanismos bioquímicos de la susodicha permeabilidad intestinal, que puede acabar abrumando a nuestro sistema inmune y arengándolo contra nosotros mismos.
El epitelio intestinal no solo hace las veces de muralla fronteriza entre «nosotros» y los microorganismos que conforman la microbiota, también impide que aquellas sustancias resultado de la digestión que no necesitamos «se cuelen dentro nuestro», permitiendo que sigan su curso felizmente. Esta muralla tiene unas puertecitas que se abren y cierran en situaciones específicas para dejar entrar nutrientes o para expulsar desechos y tóxicos varios. La encargada de abrirlas es una molécula (descubierta por el equipo del colosal Dr. Fasano) llamada zonulina[4]. Y ya se ha documentado que algunas sustancias (como el gluten) promueven la liberación indiscriminada de esta molécula, lo que a su vez resulta en «aperturas no autorizadas» de las puertecitas de nuestra muralla, que dejan nuestras fronteras abiertas y comprometen la defensa de nuestro sistema. Y todo aquello que se cuele dentro (a menudo despojos de bacterias con una enorme capacidad séptica) tiene el potencial de sembrar el caos en nuestro sistema inmune, que de golpe se ve abrumado por un montón de enemigos a los que debe hacer frente de inmediato (y que no estarían «dentro nuestro» si no hubiéramos elegido activamente consumir ese gluten).
Y aunque esta desafortunada escena no provoque sintomatología en todos y cada uno de nosotros en cada toma, no parece muy sensato recomendar que se consuma cinco veces al día algo que supone una afrenta para la integridad de nuestro intestino. El propio Dr. Fasano lo describe con una claridad y erudición exquisitas en su contundente:
«El gluten es tóxico para todo el mundo, pero no todo el mundo que come gluten enferma».
Sí, has leído bien. No hablamos de celíacos, nos referimos al ser humano como especie. No estamos diseñados para consumir el gluten que le da esa irresistible textura esponjosa al pan (y tampoco para sus proteínas análogas en los demás cereales)[5].
A menudo se asume que los problemas causados por la sensibilidad al gluten (que no tiene por qué venir acompañada de un diagnóstico de celiaquía, en absoluto) se limitan al sistema digestivo (la hinchazón, el dolor abdominal y una relación poco amistosa con el baño, tanto por exceso, como por defecto), pero las dietas exentas de gluten (y de algunas de sus proteínas análogas presentes en otros cereales, como el centeno o la cebada), mejoran significativamente (y en apenas unos días) problemas cutáneos como la psoriasis, la urticaria o los eczemas. Y aunque suene a loca exageración (en especial entre los acólitos de esta nuestra amada dieta mediterránea, que no asumimos ni una sola comida sin ese nuestro pan de cada día), el consumo de trigo se ha venido asociando con un empeoramiento sustancial de una miríada de condiciones, desde el insomnio o el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, los brotes psicóticos, la ansiedad, las jaquecas crónicas y migrañas, la depresión, la diabetes, la epilepsia, los problemas de memoria y las deficiencias cognitivas leves (a menudo previas al alzhéimer), hasta el autismo[6].
Yo misma conviví con sendos diagnósticos de rosácea y de lupus eritematoso autoinmune crónicos e incurables durante muchos años, con urticarias perennes que cubrían mis mejillas y eczemas enormes muy poco sexys repartidos por todas partes… que desaparecieron por completo cuando cambié mi dieta[7].
La comida no es la única madera que alimenta al «fuego amigo», no. Tanto la vulnerabilidad genética y las infecciones, como el estrés o la exposición a tóxicos juegan un papel significativo[8], pero que tenga acceso a «esta leña» sí está en nuestra mano. Podemos asegurarnos de que no sea la comida que nosotros elegimos la que aviva las llamas.
En especial durante los brotes agudos y en épocas particularmente estresantes o de lucha activa, podemos no añadir más leña al fuego, evitando los comestibles ultra-procesados que vienen con una larga y obscura lista de ingredientes, el azúcar, las grasas hidrogenadas y los aceites de semillas refinados (como el de soja o el de maíz, por su alto contenido en ácidos grasos poliinsaturados muy-inestables fácilmente oxidables), los cereales y sus mil derivados (que ponen en jaque la integridad de nuestro sufrido epitelio intestinal), las legumbres (sí, por mucho que estén buenísimas y sean el adalid de la dieta mediterránea, tienen antinutrientes en forma de lectinas y fitatos, que no ayudan a un intestino en guerra, ni a un sistema inmune al borde del caos) y, ya según el grado de sensibilidad, los lácteos (las caseínas, unas proteínas presentes en la leche, especialmente la de vaca, pueden activar también la permeabilidad intestinal por reactividad cruzada) y las solanáceas (las berenjenas, tomates y pimientos, también por su contenido en lectinas[9]).
Que no se diga que nos rendimos sin patalear.
Dejo aquí un vídeo de propina sobre la cara B del trigo
¿Te ha gustado? Pues echa un ojo al resto del programa en Dieta y Estado de Ánimo.
La segunda eminencia en aparecer para echarnos una manita por este abrasador tramo de nuestra maratón es el Dr. Tom O’Bryan. Ex-panadero, médico y profesor del ya celebérrimo Institute for Functional Medicine, el Dr. O’Bryan se ha convertido en uno de los adalides de la causa anti-gluten y pro-dieta antiinflamatoria. Y también fue su propia salud la que dio la voz de alarma. Un examen de rutina le mostró unos alarmantes niveles de anticuerpos contra su propio cerebelo y su proteína básica de mielina (lo que le abocaba a un eventual diagnóstico de esclerosis múltiple), pero en lugar de quedarse de brazos cruzados esperando el aciago momento, se puso a investigar cómo y por qué.
Hoy se dedica a gritar a los cuatro vientos todo lo que aprendió. Y no se anda con chiquitas. Su lema es el contundente:
«No te conformes con una salud mediocre: que algo sea común, no implica que sea lo normal»
que lleva retumbando en mi cabeza desde que lo oí por primera vez. Parece que todos estemos condenados a desarrollar enfermedades crónicas, engordar y perder memoria y agudeza mental a medida que añadimos velas al pastel de cumpleaños. Y puede que se considere lo «común», pero no es lo «normal».
Si tienes molestias estomacales asiduamente, has aprendido a vivir con hinchazón abdominal y estreñimiento perennes, sufres dolores de cabeza periódicos, no consigues librarte de esos eczemas o te arrastras sin apenas una gota de energía a pesar de bañarte diariamente en café, este ex-panadero reconvertido en médico tiene algo que decirte: «eso no es normal».
La buena noticia es que no tienes que conformarte. Tu cuerpo podría estar diciéndote que algo no va bien. Y todos esos antiácidos, laxantes, analgésicos, estimulantes y antibióticos de uso tópico no son más que parches que no solucionan el problema de raíz (y a menudo añaden más desorden al caos). Es como ponerse tapones en los oídos para no oír la radio, en lugar de acercarse y apagarla. O también, como decía nuestra intrépida psiquiatra, la Dra. Brogan, sería como intentar curar un clavo incrustado en el pie tomando una aspirina.
Las autoinmunes empiezan en ese intestino permeable y prosiguen en una respuesta inflamatoria crónica de baja intensidad, hasta que acaba por romperse el eslabón más débil que dicten nuestros genes. Para unos será el sistema digestivo, para otros la tiroides, el páncreas, el cerebro… Poco a poco, año tras año, insidiosamente y sin que tomemos consciencia de ello, el caos autoinmune va ganando terreno hasta que nuestro propio «fuego amigo» se vuelve contra nosotros[10].
Se calcula que los avances médicos tardan una media de 17 años en llegar a las consultas (y a los últimos interesados, los enfermos) desde que se publica la evidencia científica que los avala. Teniendo en cuenta que la autoinmunología apenas levanta medio metro del suelo, ¿cuánto tiempo tendrá que pasar para que reconozcamos un cuadro autoinmune en sus primeros estadios y así tener alguna oportunidad de evitar que se instaure? A día de hoy, la respuesta es un contundente «demasiado».
De ahí que el Dr. O’Bryan se haya propuesto gritarle al mundo que al menos 5 a 10 años antes de que una sintomatología obvia permita un cómodo diagnóstico, los autoanticuerpos que (si les dejamos seguir campando a sus anchas) acabarán provocando una artritis reumatoide, un lupus, una tiroiditis de Hashimoto, un Crohn o una esclerosis múltiple, ya están por las nubes (y hablan alto y claro a quien quiera escucharlos). Y vale la pena prestarles atención y actuar, porque el progreso supuestamente inexorable de las insidiosas autoinmunes no solo se puede aminorar, sino también detener, e incluso, revertir[11].
Las intimidades del tubo digestivo son una rotunda maravilla de la evolución. Su labor es convertir ese jugoso huevo frito en moléculas lo suficientemente pequeñas como para ser absorbidas y felizmente utilizadas. Y el intestino trabaja codo con codo junto al sistema inmune, que se encarga de que solo «los buenos» atraviesen la pared intestinal y accedan «a nosotros», pero (como ya ha descrito el equipo del colosal Dr. Fasano) sus meticulosos engranajes no son infalibles.
El problema surge cuando ciertas macromoléculas (que nuestras enzimas no pueden romper en piezas más pequeñas y utilizables, como la gliadina del trigo) atraviesan el epitelio intestinal. Nuestra muy eficaz respuesta inmune detecta que «enemigos no utilizables» se han colado en el sistema (mientras se mantengan en el tubo, de hecho, no están «en nosotros») y crea anticuerpos para acabar con ellos. La situación resulta en ese epitelio intestinal incapaz de cumplir su función de mantener «fuera de nosotros» todo aquello que no podemos utilizar o susceptible de dañarnos. Y el daño colateral añadido es un sistema inmune dedicado en cuerpo y alma a fabricar anticuerpos contra proteínas que hemos ingerido voluntariamente con el noble objetivo de nutrirnos.
La buena noticia es que esta situación no es una condena vitalicia, no.
Las células epiteliales del intestino se renuevan a la velocidad del rayo, así que un poco de trigo aquí y allá (sin ser la mejor opción para potenciar una salud de hierro), tampoco desencadenará el caos. Dicho esto, si ya hubiera cierta vulnerabilidad genética y desayunamos una tostada, almorzamos lasaña, merendamos un croissant y cenamos pizza con cerveza, día sí y día también, no le damos tiempo a nuestro intestino a sanar. De manera que los distintos enemigos que pululen por el tubo digestivo se encontrarán las puertas bien abiertas… y los soldados que protegen la frontera completamente abrumados.
Las intenciones del sistema inmune son honorables, solo pretende defender el perímetro de invasores curiosones, pero nuestra valerosa artillería también tiene sus limitaciones y no se molesta en preguntar mucho antes de disparar. Algunos de estos anticuerpos (como los antigliadina, ese cachillo de gluten), atacan no solo a su molécula diana (la gliadina, el enemigo en cuestión), sino también a nuestras propias células (los inocentes transeúntes que tienen la mala suerte de parecerse a los malos), por el desafortunado «mimetismo molecular» (sí, por la mera semejanza entre moléculas). De hecho, se postula incluso que son los autoanticuerpos que blandimos contra la gliadina, ese cachillo de proteína del trigo, los que atacan y acaban por destruir las células de la tiroides, lo que con el tiempo desencadena la tiroiditis de Hashimoto[12]. Y así, pizza tras pizza, año tras año, el tejido atacado (que puede ser básicamente cualquiera: el cerebro, la tiroides, el corazón, la piel, el propio intestino, el hígado, el páncreas, los riñones, los pulmones, los bronquios, el músculo esquelético, el sistema nervioso y/o cualquiera menos las uñas o el pelo una vez cortados) enferma, hasta que su función se ve comprometida[13]. En este punto, los síntomas ya son obvios y el daño a menudo irreparable.
Lamentablemente, vivimos en un mundo ya abarrotado de tóxicos. Y muchos de ellos no los podemos eludir (como los disruptores endocrinos del agua que bebemos o los residuos químicos volátiles en el aire que respiramos). Sin embargo, hay algunos que sí podemos esquivar (como los pesticidas en los que bañamos los productos de la huerta, los mil y un compuestos químicos con efectos dudosos que conforman los cosméticos o el propio gluten que ingerimos). Nuestra artillería tiene una capacidad brutal para protegernos, pero nunca se había visto obligada a dejarse la piel con este nivel de exigencia. Así que el consejo de no añadir más leña al fuego parece cobrar sentido.
Y para ayudarnos a recorrer (casi en volandas) las últimas zancadas de este particular tramo, para esos inevitables días en los que necesites un chutecillo extra de motivación para renunciar estoicamente al bollo industrial de un curioso color rosa… aquí llega la Dra. Terry Wahls, nuestra tercera eminencia e inspirador caso clínico al mismo tiempo.
No tengo palabras para describir mi nivel de admiración por esta señora, «estratosférico» me sabe a poco. La Dra. Wahls es profesora de medicina clínica en la Universidad de Iowa y una súper-guerrera incansable que definitivamente no nació para rendirse sin patalear. Saltó a la fama con una charla en TED Talks, Minding your Mitocondria o «Cuidando tus Mitocondria», en la que cuenta su odisea particular desde que fue diagnosticada con una esclerosis múltiple que la sumió en una silla de ruedas, hasta la creación del protocolo que le permitió (contra todo pronóstico) recuperar su vida y pedalear 25 kilómetros pocos años después[14].
Como buena médico académica que es, tras su diagnóstico acudió a la medicina más puntera y tuvo acceso tanto a los especialistas más afamados, como a los fármacos más novedosos, algunos incluso en fase de experimentación. Sin embargo, su inexorable declive no cesó. Y a pesar de la extenuante fatiga en que la sumía su enfermedad, no se resignaba a perder la movilidad. Empezó a investigar en la literatura científica, escudriñando en busca de estudios que apuntasen a una mejoría en modelos animales con enfermedades neurodegenerativas, como el párkinson o el alzhéimer. Día tras día, gracias a la pura auto-experimentación, fue recabando una lista de nutrientes esenciales para reparar el tejido nervioso (en los que comprobó estaba deficitaria). Y empezó a implementar en ella misma los cambios dietéticos que un día formarían parte del (ya célebre) Protocolo Wahls.
Después de décadas siendo una vegetariana convencida, sustituyó los cereales proinflamatorios que eran la base manifiesta de su dieta por verduras y hortalizas frescas y volvió a comer proteína animal. Poco a poco, fue viéndose capaz de levantarse de su silla de ruedas y de dar pequeños paseos con un bastón. Meses después, podía andar sin ayuda, cada vez distancias más largas. Y aquí llega ya la inspiradora frase motivacional de esta perseverante eminencia. No la dijo ella, no, sino su pasmado neurólogo. Su mejoría continuó imparable hasta que un día le soltó un rotundísimo
«tu cerebro está mejor que el mío».
Esta mujer es todo un ejemplo de superación. No tengo palabras para animar con el empeño que merece a todo aquel que se haya visto obligado a oír un diagnóstico de enfermedad neurodegenerativa (sea esclerosis múltiple o no) a que le dé una oportunidad a su protocolo. No te pedirá que te gastes el dinero en suplementos mágicos, no. Sus objetivos no son sino optimizar la nutrición, fomentar el movimiento y minimizar la exposición tanto a tóxicos como al estrés, elementos clave en todas las neurodegenerativas y en las autoinmunes (esclerosis múltiple incluida). Y sí, su protocolo enfatiza la crucial importancia de seguir una dieta paleo para empezar y keto para rematar[15].
A día de hoy, la Dra. Wahls ha ayudado a infinidad de pacientes a encontrarse mejor y a poner trabas al avance de la enfermedad. Y todo el ruido que ha hecho en el mundo de la medicina académica le ha permitido lograr financiación para llevar a cabo ensayos clínicos en humanos con resultados más que esperanzadores.
Le he oído decir que a día de hoy ve su propio diagnóstico como un regalo del destino. Vive enfrascada lidiando su lucha particular para que su protocolo sea pronto parte del tratamiento convencional de la esclerosis múltiple. Y poco a poco, conforme los «afortunados» casos clínicos se acumulan y va consiguiendo reunir más evidencia científica que lo respalde, ese día feliz se va acercando[16]. Y sí, es muy posible que llegue muy pronto, gracias a que esta pedazo de guerrera tuvo que enfrentarse a pecho descubierto a su propio diagnóstico y se negó en rotundo a aceptar el papel de paciente pasivo que se rinde a su destino. Cuando las autoinmunes llaman a tu puerta, por muy aterrador que se presente el camino, rendirte y sentarte a esperar no es una opción.
Resumiendo, el poder de nuestro sapo encantado en el tumultuoso y abrasador combate contra las autoinmunes radica en su probada habilidad para reducir la inflamación (o mandar a su casa majamente a ese invitado comilón, hambriento y efusivo que tiende a acomodarse demasiado) y también en que nos ahorra esa leña que aviva el «fuego amigo»: los cereales y sus mil millones de derivados.
Y dejamos atrás esta sofocante zona volcánica, para adentrarnos ya en el primaveral campo de coles repleto de mariposas que conformará el hermoso (pero controvertido) tramo del keto y la glándula tiroides.
Si te defiendes con el inglés, no te pierdas las webs de nuestros eminentes invitados: Dr. O’Bryan y Dra. Wahls.
Referencias de este «ketómetro»
(por orden de aparición)
[1] Bischoff, S. C., Barbara, G., Buurman, W., Ockhuizen, T., Schulzke, J.-D.,… & Wells, J. M. (2014). Intestinal permeability – a new target for disease prevention and therapy. BMC Gastroenterology, 14, 189. https://doi.org/10.1186/s12876-014-0189-7
[2] Fasano, A. (2012). Leaky gut and autoimmune diseases. Clinical Reviews in Allergy & Immunology, 42(1), 71-78. https://doi.org/10.1007/s12016-011-8291-x
[3] Fasano, A. (2012). Zonulin, regulation of tight junctions, and autoimmune diseases. Annals of the New York Academy of Sciences, 1258(1), 25-33. https://doi.org/10.1111/j.1749-6632.2012.06538.x
[4] Lammers, K. M., Lu, R., Brownley, J., Lu, B., Gerard,… & Fasano, A. (2008). Gliadin Induces an Increase in Intestinal Permeability and Zonulin Release by Binding to the Chemokine Receptor CXCR3. Gastroenterology, 135(1), 194-204.e3. https://doi.org/10.1053/j.gastro.2008.03.023
[5] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Wolf, R. (2011). La Solución Paleolítica: La Dieta Humana Originaria. Disponible en Amazon.
[6] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Fasano, A. (2014). Guía clínica para los trastornos asociados con el gluten. Disponible en Amazon.
[7] Que volvieron a aparecer cuando la pandemia nos sumió en ese estrés matador (aunque seguía fiel a mi dieta cetogénica antiinflamatoria), hasta que fui capaz de mitigar un poco la angustia y encontrar cierto equilibrio en la incertidumbre. Y entonces remitieron de nuevo.
[8] Ermann, J., & Fathman, C. G. (2001). Autoimmune diseases: Genes, bugs and failed regulation. Nature Immunology, 2(9), 759-761. https://doi.org/10.1038/ni0901-759
[9] Hablaremos de las legumbres cuando describamos la dieta vegetariana o vegana y de las lectinas en el ketómetro 20.
[10] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Kippola, P. (2019). Beat Autoimmune: The 6 Keys to Reverse Your Condition and Reclaim Your Health. Disponible en Amazon.
[11] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Myers, A. (2016). La Solución Autoinmune: Prevenir e Invertir el espectro de síntomas inflamatorios y enfermedades autoinmunes. Disponible en Amazon.
[12] Akçay, M. N., & Akçay, G. (2003). The presence of the antigliadin antibodies in autoimmune thyroid diseases. Hepato-Gastroenterology, 50 Suppl 2, cclxxix-cclxxx.
[13] Tucková, L., Tlaskalová-Hogenová, H., Farré, M. A., Karská, K., Rossmann, P., Kolínská, J., & Kocna, P. (1995). Molecular mimicry as a possible cause of autoimmune reactions in celiac disease? Antibodies to gliadin cross-react with epitopes on enterocytes. Clinical Immunology and Immunopathology, 74(2), 170-176. https://doi.org/10.1006/clin.1995.1025
[14] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Wahls, T. (2017). El protocolo Wahls. Cómo superé mi esclerosis múltiple progresiva con los principios paleo y la medicina funcional. Disponible en Amazon.
[15] Hablaremos de la dieta paleo en el ketómetro 31.
[16] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Kippola, P. (2019). Beat Autoimmune: The 6 Keys to Reverse Your Condition and Reclaim Your Health. Disponible en Amazon.
