Una curiosa característica que solemos tener en común las «compis poliquísticas» (que aún no forma parte de los criterios diagnósticos) es el amor por la comida. Nos gusta cocinar, curiosear las paraditas de los mercados, buscar recetas sorprendentes y agasajar seres queridos con mil y una delicias que hemos preparado con un cariño infinito. La inmensa mayoría de nosotras preferiríamos pasear por un paraíso de árboles frutales bien surtiditos (o por la sección de alimentación del supermercado con la cartera llena), que pasar el día en el probador de una tienda de ropa, pintándonos las uñas, en una sesión de maquillaje o en la pelu. Aunque sí nos suele gustar comer, también compartimos una habilidad especial para engordar con una facilidad pasmosa (con la que las «compis no-poliquísticas» no cuentan).
Y la ciencia ya ha intuido la fascinante razón que se esconde detrás. No venimos taradas de fábrica, ni tenemos tal obsesión con la comida que nos pegamos atracones compulsivamente a todas horas, no.
Las «compis poliquísticas» llevamos siendo las fieles proveedoras de la tribu desde tiempos inmemoriales.
Hace ya la friolera de 2.500 años que Hipócrates, el responsable del célebre juramento que realizan los médicos (por el que consagran su vida al servicio de la humanidad), señaló la existencia del síndrome de ovario poliquístico. No lo bautizó así, ni tampoco supo que a menudo iba efectivamente acompañado de pequeños quistes en los ovarios, pero sí notó que algunas mujeres con problemas para concebir tenían tendencia al sobrepeso y solían presentar rasgos masculinizados (con pelo en sitios poco sexys, pero también más resistencia y fuerza física).
De manera que no podemos culpar a los tóxicos ambientales post-era industrial que saturan hoy nuestros sistemas, no. Su prevalencia es tan consistente en las diferentes etnias, que el SOP ya se ha identificado como un rasgo evolutivo muy antiguo, que existiría incluso cuando los primeros grupos de humanos se aventuraron fuera de África. De hecho, es la endocrinopatía (o trastorno hormonal) más común entre las mujeres en edad reproductiva, estimada en un 25%.
La pregunta es… ¿por qué la evolución, en su inmensa sabiduría, habría mantenido constante una prevalencia tan alta de un fenotipo de mujer con tendencia a presentar rasgos masculinos y una habilidad reducida para procrear, pero con gran facilidad para engordar y mucho amor por la comida? Pues porque es inmensamente sabia, sí.
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Si retrocedemos unas decenas de miles de años, para las integrantes de las tribus de cazadores recolectores paleolíticos que conforman el grueso de nuestro pasado evolutivo, nacer con SOP no sería una tara de fábrica, no, sería una bendición. En aquel contexto, ser una mujer femenina, delicada y fértil no era precisamente un planazo envidiable. Las «compis poliquísticas» no se quedarían embarazadas fácilmente (lo que les ahorraba tanto las dificultades propias de la gestación antes de los supermercados 24h y las ecografías, como el peligro del parto, en el que el riesgo de muerte era notable). También resistirían mejor las hambrunas (gracias a que engordaban con más facilidad que las demás en igualdad de condiciones, lo que les permitiría sobrevivir durante más tiempo tirando de reservas de grasa). Y además contarían tanto con ese interés innato por la comida y por alimentar a los demás, como con la fuerza física necesaria (gracias a sus mayores niveles de andrógenos, las hormonas sexuales masculinas) para contribuir en la caza y la recolección, pero también en la defensa y la protección.
Así que ese 25% de mujeres con SOP aumentaría las probabilidades de supervivencia de todo el clan. Visto así, ese bigotillo rebelde y esa habilidad para engordar apenas oliendo un croissant ya no suenan a tara de fábrica, ¿verdad?
Y la inmensa sabiduría de la evolución no se queda en eso, no, porque la esterilidad propia de las mujeres con SOP no es tal, no. En épocas de abundancia[1] y de paz espiritual (cuando hubiera carne de sobras y suficiente tranquilidad en el clan), los niveles bajos de insulina (así como de cortisol, la hormona del estrés, que a su vez aumenta los de insulina), permitirían que las hormonas femeninas se reivindicasen y tomasen el control, aliviando la intensidad de los rasgos masculinos ya en la adolescencia y posibilitando la ovulación (y el embarazo).
Sí, es posible mitigar su sintomatología (anovulación o esterilidad incluida) imitando ese estado ancestral de abundancia y paz espiritual.
Y si hacemos cuentas, solo en España sumamos cerca de cinco millones de mujeres con SOP, diagnosticadas o no. Y no puedo dejar de preguntarme cuántas de ellas desgraciadamente seguirán tomando la píldora anticonceptiva[2] (y arriesgándose a sufrir sus nefastos efectos secundarios – léase cáncer y depresión, entre otras lindezas) porque no saben que meros cambios dietéticos pueden contribuir (y mucho) a atajar sus síntomas. Vamos a ver por qué.
Aunque ya se le apodaba (con delicadeza discutible, pero bastante tino) «la diabetes de la mujer barbuda» desde mucho antes, en 1980 se comprobó que efectivamente las mujeres con quistes en los ovarios presentaban respuestas insulínicas exageradas a la prueba oral de tolerancia a la glucosa[3], lo que apuntaba a que el SOP podía ser una manifestación más de la resistencia a la insulina o prediabetes[4]. Así que, mal que nos pese, el susodicho apodo encaja bastante bien.
Precisamente, la característica que entorpece su diagnóstico es que es una condición muy heterogénea y difícil de reconocer. Se manifiesta con tres signos bien diferenciados, que pueden converger o no, dando origen a hasta ocho cuadros distintos con sintomatología diversa, según vayan acompañados de sobrepeso y ciclos irregulares o no: los propios ovarios poliquísticos, la anovulación y los rasgos andrógenos.
Curiosamente, no todas las mujeres con SOP presentan quistes en los ovarios, a pesar de que hoy sigue siendo el criterio diagnóstico por excelencia. Es esa desgarradora imposibilidad de concebir, causada por una anovulación crónica, la que a menudo acarrea más pesar a las mujeres con SOP, porque (incluso aunque tengamos ciclos regulares) cabe la posibilidad de que no estemos ovulando realmente. Y solo nos percatamos de ello cuando intentamos quedarnos embarazadas.
En cuanto al tercero en discordia, se estima que más del 60% de las mujeres con SOP son hirsutas (o tienen bigotillo y pelo en sitios poco sexys), siendo el signo más común y distintivo del hiperandrogenismo, aunque también puede evidenciarse con acné y/o alopecia. De ahí la extrema dificultad del diagnóstico[5]. Puede no incluir quistes en los ovarios, ni ciclos irregulares, ni signos andrógenos, pero está ahí.
¿Te sientes identificada, quizás?
Pues me alegra poder decirte que no estás sola y que no tienes que someterte al yugo de los anticonceptivos, ni tampoco asumir que serás «esa tía guay pero pelín marimacho que nunca tuvo hijos» toda tu vida. Hace décadas que la sabiduría popular y la sana observación clínica dieron con la asociación entre el hiperandrogenismo (o esa habilidad nuestra para presentar rasgos masculinos) y la hiperinsulinemia (los niveles crónicamente altos de insulina en sangre), sin comprender los mecanismos subyacentes. Aunque el misterio empieza a desvelarse[6].
Y aquí reaparece nuestro incomprendido sapo convertido en apuesto príncipe encantado.
La intersección entre el SOP y el keto es la insulina, esa hormona cuyas fluctuaciones pautan (entre otras cosas) si engordamos o no. Y tanto si en tu historial médico ya sale el SOP, como si sospechas que debería, aunque tengas una figura envidiable, tus probabilidades de ser ya prediabética o insulinorresistente son considerables[7].
Las células de la teca ovárica, las encargadas de segregar andrógenos (los últimos responsables de esos rasgos masculinos tan poco sexys) se muestran hiperactivas en mujeres con SOP, como si se hubieran hinchado a anfetaminas. Y adivina en respuesta a qué… a la LH[8] y a nuestra vieja conocida, la insulina. Lamentablemente, a la primera aún no he descubierto cómo «hackearla», pero sobre la insulina sí tenemos poder. Si la mantenemos baja (gracias a que ignoramos felizmente las pautas dietéticas que nos dictan un 55% de las calorías diarias en forma de carbohidratos y pan en cada toma), también reduciremos los andrógenos extra que segregamos[9].
Y no, no recomiendo una dieta de bajo índice glucémico solo para perder el sobrepeso frecuentemente asociado al síndrome. Mantener la insulina y los niveles de azúcar en sangre más o menos estables y bajos, puede incluso aliviar esos síntomas asociados al SOP (tanto los visibles, como aquellos que no se ven pero que arrastramos como un lastre silencioso y desolador). Y ya creemos saber por qué.
¡No podía faltar! En este tramo final del keto terapéutico hace su última aparición estelar esa vieja compañera de viaje por fascículos… la inflamación, ese invitado a cenar que no queremos que se acomode demasiado. Vivir en un estado inflamatorio crónico de baja intensidad es básicamente nefasto para nuestro organismo, porque lo sume en un estado de lucha perpetuo y abruma sus sistemas. También acaba por abrirle la puerta a las enfermedades crónicas no transmisibles que representan las principales causas de discapacidad y mortalidad en el mundo (léase el cáncer, las enfermedades cardiovasculares, la diabetes, o la enfermedad renal crónica, además del hígado graso no alcohólico y los trastornos autoinmunes y neurodegenerativos o la depresión). Así que realmente es mejor que no se acomode demasiado y ahueque el ala después de cenar.
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¡Ojalá te ayude!
Y parece que las «compis poliquísticas» tendemos a no metabolizar bien la glucosa, hasta el punto que su ingesta nos inflama y nuestros niveles de estrés oxidativo (ese acúmulo de radicales libres que acaban por dañar nuestros tejidos) aumentan sustancialmente[10]. Así que no respondemos igual a la ingesta de dulces, féculas y farináceos (por muy integrales que sean) que nuestras «compis no-poliquísticas» y las dietas altas en carbohidratos (a base de pan, pasta, arroz, maíz y patatas), a la larga, acaban por sentarnos como un tiro. Nuestro leal sapo no solo es antiinflamatorio y reduce nuestros marcadores de estrés oxidativo (o manda a su casa majamente a ese invitado remolón), también les ahorra el chute de anfetaminas a las laboriosas células productoras de andrógenos de la teca ovárica[11].
Y eso nos ahorra a nosotras mucha desazón y dinero en depilación.
Puedo dar fe de que cuando mis niveles de insulina se mantienen bajos (porque consigo mantenerme relajada, duermo lo suficiente y me abstengo de comer caprichos que disparen mi glucemia), tengo la piel impoluta y no necesito llevarme las pinzas de depilar a una mini-escapada de un par de días (ni de una semana tampoco). Y cuando no… pues sí.
No sabemos qué fue primero, si el huevo o la gallina, si los ovarios poliquísticos dopados con anfetaminas o la insulinorresistencia, pero a esta última sí podemos manejarla[12]. No puedo prometer que el keto te siente tan bien como a mí (aunque compartamos diagnóstico, todas somos diferentes), pero sí que el vuelco que puede dar tu vida presente y futura merece que le des una oportunidad, en especial si te planteas la maternidad.
Aunque la píldora que yo tomé durante años se retiró del mercado francés en 2013 (precisamente por sus funestos efectos secundarios), en España aún se sigue prescribiendo para acallar (que no curar) los síntomas del SOP, mientras la condición empeora con cada pico de insulina subsiguiente a la ingente proporción de féculas y farináceos que se supone una dieta equilibrada debe aportar. Yo no podré nunca comprobar si para mí el keto habría incluso bastado para incrementar las posibilidades de concebir, básicamente porque un cáncer de endometrio (a menudo asociado al SOP, pero también a las píldoras que nos prescriben para parchear sus síntomas) me supuso perder el útero antes de poder siquiera decidir si quería ser madre, pero la buena noticia es que ya se ha documentado que sí, que sí es posible.
Los «afortunados» casos clínicos de «compis poliquísticas» que han logrado quedarse embarazadas después de apenas unos meses de dieta cetogénica ya se empiezan a acumular en la literatura médica[13].
Puede que ser «esa tía guay pero pelín marimacho que nunca tuvo hijos» fuera un planazo en el paleolítico pero, en la era de las cesáreas programadas y la comida a domicilio, el SOP puede ser desgarrador. Afortunadamente, a día de hoy, esa condena vitalicia incurable y de causa desconocida… ya casi no lo es[14].
Y (aunque esto es de cosecha propia y no se sustenta en evidencia alguna) apuesto a que nuestras «compis poliquísticas» también serían las elegidas para convertirse en las futuras hechiceras de la tribu. Nadie se atrevería a meterse con ellas. Conocerían los secretillos de las bayas silvestres, las setas venenosas y las plantas medicinales: cuáles curaban, cuáles mataban… y cuáles te daban unas cagarrinas del mil. Y quizás también supieran a qué sapos valía la pena besar. ¡Confío en que sí!
Hemos llegado al fin del fascinante pero aún convulso itinerario del keto terapéutico, espero que rezumando ilusión y mucha hambre… porque llegamos al punto de avituallamiento, las zancadas previas a la meta de la media maratón.
Referencias de este «ketómetro»
(por orden de aparición)
[1] Habría sido solo cuando la comida escaseaba (y nos alimentábamos a base de fruta y tubérculos en las épocas paleolíticas y ya de cereales y legumbres en el neolítico posterior a la agricultura), que los niveles constantemente altos de insulina habrían reforzado los rasgos masculinos y también impedido la concepción.
[2] Curiosamente, las terapias farmacológicas del SOP no solo atenúan nuestros rasgos andrógenos, también parece que nos reducen ese interés innato por la comida. Yo misma escribí mi primer recetario con 7 años y pasé mi infancia pegada al libro Cocinar es Fácil, pero no mostré especial interés en la cocina durante los años que tomé la píldora. Y cuando la dejé, no solo renací, también recuperé mi innata pasión por la comida (hasta el punto que me dio por estudiar nutrición y empezar mi propio blog de recetas).
[3] Burghen, G. A., Givens, J. R., & Kitabchi, A. E. (1980). Correlation of hyperandrogenism with hyperinsulinism in polycystic ovarian disease. The Journal of Clinical Endocrinology and Metabolism, 50(1), 113-116. https://doi.org/10.1210/jcem-50-1-113
[4] Que presentamos en el ketómetro 9 del síndrome metabólico.
[5] A menos que tengas un bigote chillón y un entrecejo bien visible (junto con un montón de quistecitos en los ovarios) a los 13 años, como yo, las probabilidades de que tu SOP pase desapercibido hasta que te plantees concebir (y no lo consigas) son bastante altas.
[6] Gupta, L., Khandelwal, D., Kalra, S., Gupta, P., Dutta, D., & Aggarwal, S. (2017). Ketogenic diet in endocrine disorders: Current perspectives. Journal of Postgraduate Medicine, 63(4), 242-251. https://doi.org/10.4103/jpgm.JPGM_16_17
[7] Zhang, X., Zheng, Y., Guo, Y., & Lai, Z. (2019). The Effect of Low Carbohydrate Diet on Polycystic Ovary Syndrome: A Meta-Analysis of Randomized Controlled Trials. International Journal of Endocrinology, 2019, 4386401. https://doi.org/10.1155/2019/4386401
[8] La hormona luteinizante que conocimos en el ketómetro anterior, una de las bailarinas principales en la sutil coreografía del ciclo menstrual.
[9]BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Emmerich, M., & Emmerich, C. (2018). Keto: The Complete Guide to Success on the Keto Diet, Including Simplified Science and No-cook Meal Plans. Disponible en Amazon.
[10] González, F. (2012). Inflammation in Polycystic Ovary Syndrome: Underpinning of insulin resistance and ovarian dysfunction. Steroids, 77(4), 300-305. https://doi.org/10.1016/j.steroids.2011.12.003
[11] Barrea, L., Marzullo, P., Muscogiuri, G., Di Somma, C., Scacchi, M., … & Savastano, S. (2018). Source and amount of carbohydrate in the diet and inflammation in women with polycystic ovary syndrome. Nutrition Research Reviews, 31(2), 291-301. https://doi.org/10.1017/S0954422418000136
[12] Zhu, H., Bi, D., Zhang, Y., Kong, C., Du, J., Wu, X., Wei, Q., & Qin, H. (2022). Ketogenic diet for human diseases: The underlying mechanisms and potential for clinical implementations. Signal Transduction and Targeted Therapy, 7(1), 1-21. https://doi.org/10.1038/s41392-021-00831-w
[13] Alwahab, U. A., Pantalone, K. M., & Burguera, B. (2018). A Ketogenic Diet may Restore Fertility in Women With Polycystic Ovary Syndrome: A Case Series. AACE Clinical Case Reports, 4(5), e427-e431. https://doi.org/10.4158/ACCR-2018-0026
[14] Aplaca tu Síndrome de Ovario Poliquístico (sin medicación, ni sus efectos secundarios). Léelo o escúchalo gratis en https://inesvinas.es/sos-sindrome-ovario-poliquistico/.
