Keto terapéutico

Km 14.- La fatiga y la depresión

Continuamos nuestra maratón por el prometedor mundo del keto en psiquiatría, contemplando la particular escalera que nos permitirá, con apenas un poquito de esfuerzo, dejar atrás la fatiga y la depresión.

Nadie espera que te pases el día riendo a carcajadas, tampoco que no experimentes dolor cuando te rompan el corazón o que no sientas tristeza cuando la vida te pegue un revés. Nuestro objetivo es que tu estado de ánimo no esté perennemente por los suelos y que tengas la energía y las ganas de salir a comerte el mundo. Queremos que puedas ser resiliente ante los inevitables reveses que aparezcan en tu camino, levantarte y mirar hacia delante con optimismo (incluso a pesar de que esta tronada década de los 2020 no nos lo esté poniendo nada fácil).

La depresión es como una grieta en el amor[1] porque eclipsa nuestra capacidad para dar y recibir afecto, comprometiendo el amor por uno mismo, por los demás y por la propia vida. Cursa con un estado de ánimo permanentemente decaído, poco (o ningún) interés por realizar actividades placenteras, sentimientos de culpa y de baja autoestima, una apatía incapacitante teñida de desesperanza, distorsiones en el ciclo del sueño y en el apetito, serias dificultades de concentración, pensamientos recurrentes de suicidio y (a menudo) grandes dosis de ansiedad[2]. Y además de provocar una profunda desazón en quienes la sufren, acarrea gran sufrimiento para sus seres queridos.

Todos fluctuamos en nuestro estado de ánimo y podemos sufrir épocas de pena paralizante y angustia tras una pérdida o experiencia traumática, pero solo se te diagnosticará depresión si la sintomatología se alarga en el tiempo y supone un obstáculo para tu funcionamiento diario. No se trata de tristeza, frustración o desilusión, no, sino de una desgarradora brecha en tu vida (que se puede alargar años y) que eres sencillamente incapaz de sortear.

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Llegados a este punto del itinerario, apuesto a que no te sorprende oír que, curiosamente, hay tres características biológicas que se suelen detectar en los cerebros deprimidos. La primera es nuestra recurrente compañera de viaje por fascículos: la inflamación[3]. La segunda, ese pertinaz acúmulo de radicales libres que dañan los tejidos, el llamado estrés oxidativo[4]. Y la tercera… ¿lo adivinas?[5] Sí, es la disfunción mitocondrial (o ese rendimiento mermado de los orgánulos celulares que convierten el combustible en energía)[6]. Y tanto la fatiga extrema, como la apatía, la desgana y el desaliento vienen detrás.

De nuevo parece que resuena la misma cantinela que repetimos una y otra vez en los demás cuadros neurológicos y psiquiátricos, ¿verdad?

Sí. El cerebro deprimido está inflamado, hambriento, abrumado y falto de antioxidantes que desarmen esos pendencieros radicales libres antes de que se acumulen. Y la pregunta es «por qué».

La depresión forma parte del cuadro sintomático de los trastornos neurológicos, autoinmunes y hormonales (como la esclerosis múltiple, el hipotiroidismo o el párkinson), pero también aparece como efecto secundario a algunos fármacos (que se recetan con demasiada alegría, a mi humilde parecer), como los que reducen los niveles de colesterol, los anticonceptivos orales… y los antidepresivos. Sí. No es broma, no.

Dicen que las palabras pueden cambiar el mundo. Así que vamos a subir estos escalones impulsados por las contundentes palabras de dos adalides de la terapia nutricional (que a su vez se unen a las eminencias del tramo anterior) y por un pequeño caso clínico en primera persona.

El primero en hablar es el impávido Dr. William Walsh, el experto en bioquímica cerebral que espetó a los miles de psiquiatras asistentes a la reunión anual de la supra-poderosa American Psychiatric Association  un amable pero rotundo: «Vuestro enfoque de la depresión está mal». Así, tal cual. No se anda con miramientos, no. Saberse respaldado por 40 años de meticulosa investigación y una descomunal base de datos con los análisis bioquímicos de miles de seres humanos con una u otra condición psiquiátrica, da mucho aplomo[7]. Este meticuloso doctor en química ha podido acumular toneladas de evidencia cuantificable, que le ha permitido identificar distintos fenotipos para la depresión, las causas últimas de que esos cerebros estén hambrientos, inflamados y abrumados (y cuatro de ellos no tienen nada que ver con la célebre serotonina, el neurotransmisor sobre el que actúan los antidepresivos, de ahí que algunas veces funcionen, pero muchas veces no).

Así, igual que el Dr. Bredesen ha evidenciado que la aproximación actual del alzhéimer es simplista (y errónea), identificando distintos cuadros médicos (que comparten síntomas y diagnóstico) de etiología (y tratamiento) diferente, este pionero de la bioquímica cerebral ha descrito ya cinco desórdenes bioquímicos claramente distintos que provocan depresión[8]. Y a día de hoy, todos se tratan con idéntico parche farmacológico (no exento, además, de efectos adversos), los ubicuos antidepresivos. Y lamentablemente, no solo pueden resultar completamente inútiles, sino incluso empeorar considerablemente la gravedad de la sintomatología, según el desequilibrio bioquímico que pretendan «parchear»[9].

La neurociencia actual ya ha logrado identificar los nutrientes clave para la síntesis de los neurotransmisores ¿Por qué aceptamos sin titubeos que un medicamento que aumenta la concentración de serotonina puede aliviar la depresión, pero desconfiamos del poder de los nutrientes, cuando son la madre de todos los neurotransmisores? Imagina la alegría de poder devolverle la ilusión por vivir a alguien que arrastra una depresión incapacitante, ¡solo restableciendo sus niveles séricos de cobre o de vitamina B6! 

Y es que (por muy cómodo que nos resulte recurrir a ellos) los psicofármacos son moléculas extrañas para la bioquímica cerebral y no le devolverán la normalidad (si es que alguna vez existió), ni la establecerán (si nunca estuvo ahí).

Aunque esta información ya está al alcance de todos, (como en el frente del alzhéimer, también) se augura un parto arduo y doloroso. A todos nos repatea oír que podría haber una manera un poquito mejor de hacer las cosas. Los cambios de paradigma son rematadamente lentos (recuerda si no al pobre Ignaz Semmelweis, el médico húngaro que murió vilipendiado después de insinuar que eran sus propios colegas los que quizás propiciaban las infecciones postparto de las parturientas no lavándose las manos para atender los partos tras las autopsias previas). Aunque el Dr. Walsh[10] no se rinde en su empeño de rogarle a la psiquiatría que se replantee su enfoque de la depresión. Y su poderoso mantra son otras bellas palabras que, décadas después de oírselas a su madre, aún retumban en su cabeza: 

«Si puedes ayudar a un solo niño, todo tu trabajo habrá valido la pena». Pues sí.

La segunda eminencia en animarnos a subir nuestra particular escalera es la imparable Dra. Kelly Brogan[11]. Y las palabras de esta intrépida psiquiatra neoyorquina lo expresan con una claridad exquisita: «La depresión no es una enfermedad. Es un síntoma.» Olé.  

Una tiroiditis de Hashimoto autoinmune la llevó a replantearse el paradigma enfermedad-cerebral-de-causa-genética-inevitable-o-de-tómese-usted-esta-pastilla-y-vuelva-a-verme-en-un-mes-a-ver-qué-tal. Parece que la historia se repite una y otra vez. Los pioneros de la terapia nutricional fueron médicos convencionales pegados a su chequera de recetas que deciden plantarse e ir más allá… cuando les cae el papel de paciente y se niegan a aceptar ese «tómese esto y ya veremos cómo evoluciona» que antes prodigaban. Y algunos, afortunadamente, no solo se atreven a desafiar al paradigma imperante, sino también a gritarlo a los cuatro vientos, como nuestra audaz psiquiatra. Fiel a la huella que dejaron en ella los diez años que requiere su especialización, seguía escrupulosamente los protocolos vigentes y recetaba antidepresivos y ansiolíticos a tutiplén, pero hoy clama incansable que no son más que meros parches que no solo no suelen atajar el problema, sino que a menudo obstaculizan los procesos naturales de auto-recuperación.

Su afilada disección de los distintos tipos de antidepresivos que hoy se recetan por millardos debería ser cincelada en piedra. Qué sentido tendrá que para aliviar la depresión se receten tanto inhibidores, como potenciadores de la recaptación de serotonina (aunque no soy quién para pontificar sobre psicofármacos –más que como ex-consumidora arrepentida– no puedo evitar llegar a la conclusión de que estamos dando palos de ciego, sin tener realmente ni pajolera idea de por qué hacemos lo que hacemos). También le agradezco encarecidamente su meticuloso examen de los tristemente ubicuos anticonceptivos orales y sus nefastas consecuencias sobre el equilibrio hormonal femenino[12]. Y tampoco escatima en detalles para denunciar la miríada de funestos efectos secundarios que acarrean estos medicamentos (algunos de los cuales harían huir despavorido al más aguerrido), que no impiden sin embargo que se receten con total tranquilidad.

Aunque la impávida Dra. Brogan no se detiene ahí, no. Además, nos insta a sustituir nociones mentales ilusorias que a menudo tenemos grabadas a fuego en el inconsciente, como «los médicos saben lo que hacen» por otras como «tú controlas tu salud» o «no se logra una salud óptima a base de medicación». Y su contundente mensaje, que supone tanto una cura de humildad como una oda a la esperanza, se refleja en su rotundo y certero:

«Jamás curé a nadie hasta que dejé de prescribir medicación.» Y olé.

La mayoría de trastornos mentales (y la depresión, en particular) no vienen ineludiblemente preprogramados en nuestros genes, no, sino que son evitables y una consecuencia directa de factores susceptibles de ser modulados a voluntad, como la dieta, el estrés o la creciente exposición a tóxicos ambientales. Nunca antes habíamos sometido a nuestro sistema a tamaño nivel de estrés. Tiene que lidiar con sus viejos conocidos (como los virus, bacterias, hongos o parásitos) y al mismo tiempo con herbicidas, metales pesados y mil y un compuestos químicos que actúan como disruptores endocrinos (que interfieren con nuestra sutil coreografía hormonal) o se bioacumulan en nuestros tejidos. Y tapar sus perniciosos efectos sobre nuestro estado de ánimo con un parche farmacológico sin atajar la causa de raíz «es tan útil como tomarse una aspirina para curar un clavo incrustado en el pie».

El énfasis que la psiquiatría actual pone en los psicofármacos y las inevitables pruebas de ensayo-error farmacológico (con ese «prueba con esto un par de meses y vuelve a ver cómo sigues») tiene los días contados. El conocimiento sobre la bioquímica cerebral evoluciona a pasos agigantados y ya está señalando el camino hacia nuevas terapias individualizadas sin los efectos adversos de la medicación[13]

El óptimo funcionamiento de nuestros cerebros también depende de que dispongan de las materias primas que necesitan para sintetizar las enzimas, hormonas y neurotransmisores que rigen su bioquímica[14]. Ni el mejor antidepresivo del mundo logrará aliviar una apatía causada por un déficit de vitamina B6, ni la mejor terapia psicológica apaciguar unos súbitos cambios de humor provocados por una necesidad no satisfecha de magnesio. Un cerebro abrumado por demasiado estrés oxidativo, inflamado o malnutrido, sencillamente, no funciona[15].

Y aquí salta a escena de nuevo nuestro fiel sapo encantado porque, efectivamente, la dieta cetogénica tiene propiedades antidepresivas[16]. Y el mecanismo subyacente parece que no se limita a sus sempiternos efecto antiinflamatorio, disminución del estrés oxidativo y mejora del rendimiento mitocondrial, no[17]. El keto tiene el poder de reequilibrar el balance entre los dos neurotransmisores que regulan la actividad del cerebro[18]: el glutamato (que vendría a ser su pedal del acelerador) y el GABA (el freno). De ahí que alivie tanto la sintomatología depresiva y la fatiga, como la ansiedad[19]. Y ojalá lo hubiera sabido hace 20 años, antes de que yo misma entrase en el oscuro mundo de la medicación para la depresión.

El pequeño caso clínico en primera persona que nos iba a ayudar a acabar de subir las particulares escaleras del keto para la depresión con un último empujón, soy yo. O más bien, la niña que fui.

Recién entrada en la pubertad, me diagnosticaron síndrome de ovario poliquístico, un cuadro congénito crónico que interfiere con los sistemas mediados por hormonas sexuales. Entre otros síntomas, provoca esterilidad, acné, hirsutismo, depresión y suele desencadenar en una diabetes tipo II. Por aquel entonces (y hasta hoy), se prescribía una píldora anticonceptiva muy potente que provoca una disminución drástica de los niveles de andrógenos (u hormonas masculinas), favoreciendo los de estrógenos (las femeninas). Los síntomas físicos merman, sí, pero el problema y los efectos secundarios a las píldoras no. Y uno de ellos (cito textualmente el prospecto) es «aparición de depresión grave».

Me gusta esta foto porque disimula un poco el entrecejo y el bigote (vale, las patillas no)

Por fin, casi 20 años y muchísimos médicos más tarde, por pura serendipia, descubrí que el síndrome de ovario poliquístico es solo un marcador más del síndrome metabólico o resistencia a la insulina (la caja de Pandora de las enfermedades crónicas que conocimos en el ketómetro 9). También supe que una dieta que mantuviera estables y bajos los niveles de insulina en sangre mejoraba sustancialmente tanto sus síntomas, como el estado depresivo asociado. Afortunadamente, como además había engordado mucho, decidí darle una oportunidad. Dejé los anticonceptivos que había tomado durante dos décadas y, después, poco a poco, me empecé a sentir tan bien que fui dejando los psicofármacos también. En apenas unos meses, pasé de ser una agorafóbica suicida con ansiedad social y polimedicada a despertar de nuevo a la vida[20].

Aunque doy por cerrada aquella etapa, no puedo evitar sentir que he perdido unos años preciosos por culpa de un síndrome fisiológico mal tratado. La perenne combinación de antidepresivos, ansiolíticos y anticonceptivos me convirtió durante muchos años en poco menos que un vegetal emocional, sin que ello repercutiera en una mejora sustancial de mi estado anímico. Y a pesar de que mi cuadro particular tuviera un origen orgánico, nadie le prestó atención.

Los médicos tienden a recetar medicación para acallar síntomas, sin dedicar tiempo a plantearse qué podría estar causándolos, a pesar de que existe una larga lista de cuadros clínicos (y fármacos) que causan depresión. Y la medicación interfiere con el sistema neuroendocrino a modo de parche sin solucionar el problema de raíz. Además, muchos de los psicofármacos que se recetan comúnmente causan habituación y provocan una miríada de efectos secundarios muy desagradables. El Prozac (el célebre antidepresivo por excelencia) incluye la ansiedad, el nerviosismo, el insomnio y el intento de suicidio en su prospecto.

Por otro lado, los psicólogos se centran en aplicar terapias, manejar emociones y analizar causas ambientales, pero a menudo tienden a no considerar elementos como las deficiencias nutricionales, los efectos de los medicamentos o el origen orgánico como posibles causas de un estado depresivo. Aunque, poco a poco, la situación está cambiando, lo que nos abre todo un mundo de posibilidades para (dejar de «tratar» y empezar a) «curar» trastornos tan limitantes como la depresión. Quizás una combinación de terapia psicológica y coaching, tanto nutricional como de estilo de vida, ayudarían a atajar la causa de raíz y a permitir que sea el propio cuerpo quien dirija el baile que modula sus neurotransmisores.

Me encantaría poder decirle a esa niña feliz que fui que no desista, que aunque le esperan unos años realmente nefastos, su experiencia ayudará a evitar sufrimiento ajeno. Y voy a apropiarme de las palabras que pronunció la sabia Sra. Walsh para animar a su hijo a continuar su labor, porque, efectivamente, 

«si puedo ayudar a una sola persona a estar mejor, todo habrá valido la pena.»

¿Quieres sumergirte en esta fascinante «nueva» ciencia? Pronto lanzaré un programa de formación en Terapia Nutricional para ampliar esta información. Y si te defiendes con el inglés, no te pierdas las webs de nuestros eminentes adalides de la terapia nutricional: Dr. Walsh y Dra. Brogan.

Referencias de este «ketómetro»

(por orden de aparición)

[1] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Solomon, A. (2015). El demonio de la depresión: Un atlas de la enfermedad. Disponible en Amazon

[2] En el tramo siguiente ahondaremos en el poder del keto contra la ansiedad y el estrés.

[3] Berk, M., Williams, L. J., Jacka, F. N., O’Neil, A., Pasco, … & Maes, M. (2013). So depression is an inflammatory disease, but where does the inflammation come from? BMC Medicine, 11(1), 200. https://doi.org/10.1186/1741-7015-11-200

[4] Bhatt, S., Nagappa, A. N., & Patil, C. R. (2020). Role of oxidative stress in depression. Drug Discovery Today, 25(7), 1270-1276. https://doi.org/10.1016/j.drudis.2020.05.001

[5] Lee, C.-H., & Giuliani, F. (2019). The Role of Inflammation in Depression and Fatigue. Frontiers in Immunology, 10, 1696. https://doi.org/10.3389/fimmu.2019.01696

[6] Bansal, Y., & Kuhad, A. (2016). Mitochondrial Dysfunction in Depression. Current Neuropharmacology, 14(6), 610-618. https://doi.org/10.2174/1570159X14666160229114755

[7] Ha recabado y examinado millones de factores bioquímicos presentes en la sangre, la orina y otros tejidos (como el cabello) de más de 30.000 personas, identificando desequilibrios nutricionales en pacientes con depresión, esquizofrenia, autismo, trastornos del comportamiento, ansiedad, trastorno bipolar, alzhéimer y trastorno por déficit de atención e hiperactividad. Y los números y los diagnósticos encajan estupendamente.

[8] En síntesis, sus cinco biotipos de depresión son la submetilada  (esta sí, con niveles bajos de serotonina, que apenas alcanza al 40% de los casos), la causada por un déficit nutricional (sea de folato, zinc o ciertos aminoácidos y ácidos grasos); la que aparece por un exceso de cobre (común en las mujeres, viene teñida de ansiedad y suele ser la responsable de la depresión postparto); la provocada por la acumulación de metales pesados (que abruman la capacidad del tejido cerebral para librarse de ellos) y la piroluria (con graves cambios de humor y una alta sensibilidad a la luz y los ruidos, que remite sencillamente con suplementos de zinc y B6). Ahondaremos en ellas en el programa de formación en Terapia Nutricional.

[9] Recuerda que nunca se debe dejar la medicación de prescripción psiquiátrica de golpe o sin un acompañamiento médico y una monitorización constantes, porque las consecuencias pueden ser desde bastante desagradables a muy peligrosas.

[10] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Walsh, W. (2012). Nutrient Power: Heal your Biochemistry and Heal your Brain. Disponible en Amazon.

[11] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Brogan, K. (2016). Tu mente es tuya: La verdad sobre la depresión femenina. ¿Enfermedad o síntoma? Disponible en Amazon.

[12] Ahondaremos en ello en el ketómetro 19 del síndrome de ovario poliquístico.

[13] Sarris, J., Logan, A. C., Akbaraly, T. N., Amminger, G. P., Balanzá-Martínez, … & Jacka, F. N. (2015). Nutritional medicine as mainstream in psychiatry. The Lancet Psychiatry, 2(3), 271-274. https://doi.org/10.1016/S2215-0366(14)00051-0

[14] Zepf, F. D., Stewart, R. M., Hood, S., Guillemin, G. J., & On behalf of the International Society for Tryptophan Research (ISTRY). (2016). Great expectations: Nutritional medicine as a mainstream in clinical psychiatry and weighing opportunities against risks. Medical Hypotheses, 88, 68-69. https://doi.org/10.1016/j.mehy.2016.01.004

[15] Rucklidge, J. J., Kaplan, B. J., & Mulder, R. T. (2015). What if nutrients could treat mental illness? Australian & New Zealand Journal of Psychiatry, 49(5), 407-408. https://doi.org/10.1177/0004867414565482

[16] Włodarczyk, A., Cubała, W. J., & Stawicki, M. (2021). Ketogenic diet for depression: A potential dietary regimen to maintain euthymia? Progress in Neuro-Psychopharmacology and Biological Psychiatry, 109, 110257. https://doi.org/10.1016/j.pnpbp.2021.110257

[17] Shamshtein, D., & Liwinski, T. (2022). Ketogenic Therapy for Major Depressive Disorder: A Review of Neurobiological Evidence. Recent Progress in Nutrition, 2(1), 1-1. https://doi.org/10.21926/rpn.2201003

[18] Ricci, A., Idzikowski, M. A., Soares, C. N., & Brietzke, E. (2020). Exploring the mechanisms of action of the antidepressant effect of the ketogenic diet. Reviews in the Neurosciences, 31(6), 637-648. https://doi.org/10.1515/revneuro-2019-0073

[19] Ahondaremos en ello en el siguiente tramo de la maratón.

[20] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Korn, L. (2016). Nutrition Essentials for Mental Health: A complete Guide to the Food-Mood Connection. Disponible en Amazon.