Coge carrerilla que, tras nuestro apacible paseo por el plácido valle de la dieta cetogénica para las condiciones neurológicas, entramos en el circuito de obstáculos que conforma el convulso tramo del (novato pero esperanzador) keto terapéutico en psiquiatría.
El primero en aparecer es un colosal muro de miedo, desconfianza e incredulidad que, afortunadamente, ya ha empezado a zozobrar. Y pronto (conforme la evidencia científica y los afortunados casos clínicos se sigan acumulando) acabará convertido en escombros. Ese día feliz, sin embargo, no ha llegado aún, así que hoy nos tocará tomar impulso y saltarlo, aplacando los inevitables recelos iniciales con curiosidad.
Aunque no tendremos que escalarlo a pelo, no. Nos apoyaremos en la enorme fuerza propulsora de la flamante psiquiatría nutricional (una disciplina novel, pero poderosa[1]), que ya ha demostrado su valía en la cruenta batalla contra muchos trastornos mentales (llegando incluso a superar, en ocasiones, a la farmacológica). Y seguro que (después de descubrir su profundo efecto sobre el funcionamiento cerebral) no te sorprenderá saber que su arma estrella es… la dieta cetogénica[2].
Y no nos referimos solo a su potencial para aliviar una leve astenia primaveral, un síndrome premenstrual con un poquito de ansiedad o una depre otoñal remolona, no (aunque también). No solo ya se han documentado casos clínicos de mejora significativa de cuadros con un enorme potencial incapacitante (como la depresión, el trastorno por atracones o la bulimia[3]), también incluso de remisión completa en algunos de los «pesos pesados» de la psiquiatría. Y aunque pueda sonar a locura, nunca mejor dicho, todo te cuadrará cuando destapemos sus características fisiológicas y evoquemos los efectos colaterales del keto sobre el cerebro.
Empezaremos nuestra particular andadura por este delicado tramo, escudriñando los cuadros que más han contribuido a levantar ese recio muro de recelo y aprensión: la esquizofrenia y el trastorno bipolar[4]. Antes de lanzarnos a la carrera, sin embargo, quisiera trasladar un mensaje clave para nuestra mutua paz espiritual:
Nunca, jamás, bajo ningún concepto, se debe dejar la medicación de prescripción psiquiátrica de golpe o sin un acompañamiento médico y una monitorización constantes, porque las consecuencias pueden ser desde bastante desagradables a muy peligrosas.
Aclarado esto, vamos a abalanzarnos ya contra ese muro.
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Apuesto a que conoces a alguien que conviva, en su propia piel o en su entorno inmediato, con un trastorno mental (desde la depresión, la ansiedad, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad o la bulimia, hasta la propia esquizofrenia o el trastorno bipolar que nos ocupan hoy). De hecho, considerando las alarmantes estadísticas al alza, las probabilidades de que seas propiamente tú, son bastante altas. Y supongo que coincidirás conmigo en que la eficacia de los parches y las terapias que nos ofrecen tanto la psiquiatría como la psicología actuales dejan mucho que desear. A pesar de todos nuestros esfuerzos, a menudo solo logran «maquillar» los síntomas más obvios sin apenas rozar la causa que los originó. Y tanto el trastorno, como el malestar que le acompaña, persisten. Ante esta decepcionante tesitura, ¿y si te dijera que la nutrición, en ocasiones, tiene la capacidad de curarlos? No exagero, no[5].
Sospecho que ya no albergas duda alguna sobre las posibilidades de la dieta cetogénica como terapia (tanto para el sobrepeso, el síndrome metabólico, las enfermedades neurodegenerativas, la epilepsia y hasta el mismísimo cáncer), pero apuesto a que te invadirá un inquietante escalofrío de incredulidad cuando oigas que el trastorno mental más sobrecogedor, la esquizofrenia, también puede no solo mejorar, sino incluso, en ocasiones, remitir, gracias a la dieta[6].
Y no, la idea no es mía. En este tramo tan peliagudo de la maratón, iremos de la mano de dos eminentes adalides del keto terapéutico en psiquiatría[7]. El primero en unirse es el Dr. Chris Palmer, un audaz psiquiatra neoyorquino (formado en la celebérrima Facultad de Medicina de Harvard, para más señas) que se ha propuesto todo un desafío, el «más difícil todavía»: divulgar el poder de la dieta cetogénica como apoyo al tratamiento farmacológico de la esquizofrenia[8]. Y el fulgurante horizonte de esperanza que nos quiere trasladar es que efectivamente funciona.
Los mecanismos endógenos por los que se originan los trastornos mentales[9] incluyen los desequilibrios en los mensajeros bioquímicos (tanto hormonas como neurotransmisores), la resistencia a la insulina, los déficits nutricionales, el estrés oxidativo (el acúmulo de radicales libres en el tejido cerebral) y la inflamación. Y en ellos radica el poder del keto bien formulado en psiquiatría, en que los alivia todos.
El diagnóstico de esquizofrenia resulta absolutamente devastador. Puede incluir una miríada de síntomas, desde las alucinaciones, los delirios, el retraimiento social y las alteraciones en la función cognitiva (como la memoria o la atención), hasta llegar a perturbar la capacidad para dar y recibir afecto. Igual que la causa última de la depresión se ha venido achacando a un déficit de serotonina[10] (el neurotransmisor del bienestar), la causa de la esquizofrenia se atribuyó a un exceso de dopamina (un neurotransmisor clave para los circuitos que modulan el placer, la adicción, la creatividad, la memoria y la función motora). Aunque lo cierto es que, a día de hoy, ambas hipótesis tienen muchos detractores[11] y cada vez se acumula más evidencia en su contra[12].
Y la esperanzadora idea que poco a poco está desbancando a la del exceso de receptores de dopamina como causa última de la psicosis, es que el cerebro esquizofrénico tendría una capacidad mermada para metabolizar y regular la glucosa cerebral, lo que repercutiría en una comunicación disfuncional entre las neuronas[13]. Y aquí es donde, de nuevo, entra en escena nuestro incomprendido sapo.
La dieta cetogénica proporciona un combustible alternativo (y más limpio) a las células cerebrales: nuestros viejos conocidos, los cuerpos cetónicos, esos metabolitos de grasa (o cachillos de michelín) que el cuerpo usa como combustible cuando los niveles de glucosa en sangre se mantienen bajos. Y si realmente existe cierta disfunción en el metabolismo de la glucosa cerebral (ya probada para la epilepsia o el alzhéimer), tal como se postula (también) para la esquizofrenia, el keto sería clave para asegurar que las neuronas reciben el combustible que necesitan. De ahí las ilusionantes mejoras que se están documentando tras las intervenciones dietéticas en psiquiatría.
Contrariamente a esa sabiduría popular que afirma que el cerebro necesita glucosa dietética para funcionar (y por ello los nutricionistas bienintencionados nos pautan menús con un mínimo de 100g de azúcares complejos al día), tal como ya adelantamos en el tramo de las condiciones neurológicas y neurodegenerativas, lo cierto es que una dieta baja en carbohidratos y rica en grasas saludables optimiza el rendimiento y el metabolismo cerebral.
El cerebro necesita glucosa, sí, pero el hígado puede sintetizarla en pequeñas dosis, sin ningún riesgo de que primero inundemos nuestra sangre de glucosa (que, en altas concentraciones, es tóxica para el tejido cerebral – y el daño neuronal por hiperglucemia ya tiene nombre, neurotoxicidad por glucosa) y después obliguemos a nuestro páncreas a bañarnos en insulina cinco veces al día (lo que, a su vez, promueve que se vuelva resistente o sordo a su presencia, dificultando el acceso de las neuronas a la glucosa y aumentando las probabilidades de disfunción cerebral). Los niveles persistentemente altos de insulina en sangre tras esos picos de glucosa subsiguientes a las hasta once raciones diarias de féculas y farináceos que nos recomienda la pirámide nutricional, de hecho, acaban por dañar la capacidad del cerebro para alimentarse[14]. Un puntito para el keto en psiquiatría.
Otro de los efectos colaterales de las dietas a base de carbohidratos (complejos o no) sobre el cerebro es el acúmulo de radicales libres que acaba por dañar los tejidos[15]. Aunque nuestras células cuentan con antioxidantes muy eficaces, si inundamos las neuronas con glucosa cinco veces al día, corremos el riesgo de acabar por abrumarles[16]. Y estos radicales libres se acumulan feamente, provocando el llamado estrés oxidativo. Y lo último en lo que queremos inundar nuestro cerebro, es en moléculas hiper reactivas dispuestas a dañar sus tejidos. Otro puntito para el keto en psiquiatría.
Además, las altas concentraciones de glucosa reiteradas dañan las mitocondrias, los orgánulos celulares encargados de proporcionar energía. Y el cerebro es un órgano extremadamente exigente. Aunque apenas suponga un 2% del peso total del cuerpo, requiere hasta un 20% de su energía total. Así que resulta esencial que sus mitocondrias estén sanas y trabajando bien felices para que pueda obtenerla y funcionar[17]. Y recordarás del tramo anterior de las neurológicas que el keto mejora el rendimiento mitocondrial.
Otro puntito para él.
¿Y qué cabe esperar si obligamos a un cerebro hambriento (y con neuronas mal comunicadas) a vivir en un estado inflamatorio perenne, acrecentado por el consumo constante y reiterado de proteínas (que provocan permeabilidad intestinal y arengan al sistema inmune contra nosotros mismos), como las presentes en los cereales (integrales o no) que tanto recomiendan?
Y aquí reaparece de nuevo nuestra sempiterna compañera de viaje por fascículos: la inflamación, cuyos niveles crónicamente elevados provocan el caos en el cerebro y están ineludiblemente presentes en las condiciones tanto neurológicas, como psiquiátricas. Y llegados a este punto, seguro que no te sorprende saber que las dietas bajas en carbohidratos y altas en comida real, bien densa en nutrientes, reducen significativamente los marcadores de inflamación[18]. Otro puntito.
Aún no está claro si el efecto negativo del consumo de proteínas con potencial inflamatorio (como las lectinas presentes en cereales, legumbres y algunas hortalizas[19]) se debe a que estas abundan en las dietas altas en azúcares simples y harinas refinadas vacías de nutrientes o a su propio potencial para sembrar el caos en personas susceptibles. Sin embargo, sí se ha documentado un empeoramiento significativo de la sintomatología esquizofrénica tras su consumo (que por cierto remite con dietas exentas de cereales)[20]. Y este puntito vale por dos.
Asumo que «esquizofrenia» es el último diagnóstico que querrías escuchar de boca de un psiquiatra. El mero sonido de la palabra tiene el poder de inquietar (por no decir asustar). Lamentablemente, ese desasosiego contribuye a reforzar un estigma que condena al ostracismo a un considerable porcentaje de recién diagnosticados, que ven truncadas sus vidas (a menudo apenas cumplidas dos o tres décadas en este mundo) y deben soportar meses de incapacitantes y arduas probaturas farmacológicas, sabiendo que probablemente se verán obligados a convivir con sus efectos secundarios de por vida.
Por eso, el Dr. Palmer se ha embarcado en la titánica tarea de divulgar el poder terapéutico del keto y compartir una pequeña chispa de esperanza, para animar a quienes sí han tenido que escuchar ese diagnóstico a darle una oportunidad, sin tener que esperar a que los imparables avances en psiquiatría nutricional lleguen a las consultas. La esquizofrenia, como el cáncer, no es «algo trágico que le pasa a los demás», no. Y ni siquiera tiene por qué ser una condena vitalicia tampoco. Un día no muy lejano, no me cabe duda, la dieta cetogénica se incluirá en las prescripciones psiquiátricas de rigor, la medicación será solo un recurso temporal y de ese pertinaz muro no quedará más que un vano recuerdo.
Todavía no disponemos de una larga retahíla de rigurosos ensayos clínicos aleatorizados con miles de voluntariosos participantes que apoyen la difusión de directrices dietéticas rotundas para mitigar la sintomatología esquizofrénica, pero todo llegará.
Dejo aquí un vídeo de propina sobre la esperanzadora y flamante psiquiatría nutricional
¿Te ha gustado? Pues echa un ojo al resto del programa en Dieta y Estado de Ánimo.
El segundo obstáculo en aparecer en este accidentado recorrido es un vertiginoso puente colgante que pondrá a prueba nuestra valentía. Afortunadamente, la colosal Dra. Georgia Ede nos acompañará para regalarnos un poquito de su enorme coraje mientras cruzamos al otro lado. Esta intrépida psiquiatra formada (también) en la mismísima Harvard (entidad que dejó cuando se le prohibió recurrir a la nutrición en el abordaje terapéutico de los trastornos mentales), se ha propuesto gritarle al mundo el poder de la dieta cetogénica en psiquiatría. Y poco a poco está logrando que cada día más psiquiatras le presten atención y quieran lanzarse a aprender, lo que repercute en que cada día haya también más afortunados pacientes con acceso a un plan B adicional a los psicofármacos que efectivamente funciona, en particular cuando el diagnóstico es de trastorno bipolar. Aunque el puente colgante se tambalee y nos invada una inevitable sensación de vértigo al mirar abajo, las cuerdas que lo sujetan están bien amarradas. Curiosamente, parece que los mecanismos biológicos que subyacen al trastorno bipolar también incluyen una alteración del metabolismo de la glucosa, la resistencia a la insulina en el tejido cerebral y la disfunción mitocondrial[21].
¿No te parece que estamos repitiendo la misma cantinela una y otra vez? De ahí que el keto sea capaz de mejorar mil cuadros diferentes, tanto neurológicos y neurodegenerativos, como psiquiátricos, porque (aunque nos empeñemos en ponerles nombres distintos según qué criterios diagnósticos cumplan) comparten un mismo origen: un tejido cerebral hambriento, inflamado, abrumado y disfuncional. De ahí que los fármacos antiepilépticos mitiguen la sintomatología del trastorno bipolar, aunque a priori pueda parecer que no tiene nada que ver con las convulsiones epilépticas.
El puente está bien amarrado, sí, pero se tambalea muchísimo aún. Aunque ya se han descrito casos clínicos de mejora sustancial de la sintomatología bipolar gracias al keto[22], no contamos todavía con ningún ensayo clínico que los ratifiquen científicamente. No sabemos cuán estrictos deben ser los pacientes (ni cuán pacientes) para apreciar mejoras en el mundo real. Tampoco conocemos el grado de variabilidad de respuesta individual a la terapia. Además, las propias particularidades del trastorno juegan en nuestra contra (implementar una dieta cetogénica a largo plazo requiere compromiso y estabilidad, cosa que no siempre es posible asegurar en un paciente con trastorno bipolar). Tomarse una pastilla es una estrategia mucho más asequible.
Dicho esto, si ya te lo han diagnosticado y sientes que los fármacos te alivian, pero sus efectos secundarios entorpecen tu búsqueda de felicidad, muy probablemente la dieta te los ahorre y te alivie también. Aunque el proceso de incluir un keto terapéutico no será un camino de rosas, no. Requerirá un esfuerzo considerable, paciencia y tesón, pero creo sinceramente que valdrá la pena. Dejo esta decisión en tus manos, pero recuerda que no debes lanzarte a cruzar este puente tambaleante sin el apoyo constante de tu psiquiatra y de una cuidada monitorización, porque habrá que ir reajustando la dosis de fármacos meticulosamente y con una paciencia infinita.
Resumiendo, aunque la evidencia disponible aún sea muy limitada, sí permite augurar un futuro prometedor a quienes se ven obligados a cargar con el yugo de la medicación psiquiátrica vitalicia (cuya eficacia y efectos secundarios son muy mejorables a día de hoy, la verdad). Nadie aboga por renunciar a ella (ni nuestros adalides de la psiquiatría nutricional, ni yo), en absoluto, pero sí aspiramos a que se considere cualquier intervención con el poder de reducir su dosis o duración.
Librémonos ya de esa creencia de que los alimentos que elegimos no influyen en absoluto sobre los trastornos mentales «serios», porque sí lo hacen (y mucho).
No menospreciemos el potencial apaciguador de una dieta antiinflamatoria, nutritiva y metabólicamente óptima para el cerebro, porque efectivamente, funciona[23].
Si te defiendes con el inglés, no te pierdas las webs de nuestros eminentes psiquiatras, que ambas valen su peso en oro (como ellos mismos, mismamente): Dr. Palmer y Dra. Ede.
Referencias de este «ketómetro»
(por orden de aparición)
[1] Adan, R. A. H., van der Beek, E. M., Buitelaar, J. K., Cryan, J. F., …, & Dickson, S. L. (2019). Nutritional psychiatry: Towards improving mental health by what you eat. The Journal of the European College of Neuropsychopharmacology, 29(12), 1321-1332. https://doi.org/10.1016/j.euroneuro.2019.10.011
[2] Norwitz, N. G., Dalai, S. S., & Palmer, C. M. (2020). Ketogenic diet as a metabolic treatment for mental illness. Current Opinion in Endocrinology, Diabetes, and Obesity, 27(5), 269-274. https://doi.org/10.1097/MED.0000000000000564
[3] La anorexia es un trastorno de la conducta alimentaria que contraindica por completo la implementación del keto terapéutico – ampliaremos las contraindicaciones de la dieta en el tramo 42, el previo a la meta de la maratón.
[4] En los ketómetros siguientes (que serán mucho menos accidentados), nos detendremos en el particular poder del keto contra la ansiedad, el estrés, la fatiga y la depresión.
[5] ¿Quieres sumergirte en esta fascinante «nueva» ciencia? Pronto lanzaré un programa de formación en Terapia Nutricional para ampliar esta información.
[6] No, nadie dice que la dieta deba sustituir al tratamiento médico convencional, ni que haya que renunciar a él, en absoluto. Pero, en ocasiones, una nutrición personalizada puede no solo optimizar, sino incluso superar los resultados de las terapias farmacológicas, sin añadir efectos secundarios adversos a estas.
[7] No dejes de visitar sus webs si te defiendes con el inglés, que ambas valen su peso en oro (como ellos mismos, mismamente). Esta es la del Dr. Palmer y esta la de la Dra. Ede.
[8] Sarnyai, Z., Kraeuter, A.-K., & Palmer, C. M. (2019). Ketogenic diet for schizophrenia: Clinical implication. Current Opinion in Psychiatry, 32(5), 394-401. https://doi.org/10.1097/YCO.0000000000000535
[9] La exposición a sustancias tóxicas (o una habilidad menguada para librarse de ellas), las condiciones ambientales desfavorables (léase aislamiento y pobreza), así como las experiencias traumáticas o violentas, pueden constituir por sí mismas todo un reto para nuestra salud mental. Y en estos desafortunados casos, nuestro buen sapo pierde su poder.
[10] Los antidepresivos suelen aumentar el efecto de la serotonina disponible, evitando que las neuronas la recapten o reabsorban (de ahí que se llamen inhibidores de la recaptación de serotonina). Hablaremos de ello en el tramo siguiente.
[11] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Whitaker, R. (2015). Anatomía De Una Epidemia: Medicamentos psiquiátricos y el asombroso aumento de las enfermedades mentales. Disponible en Amazon.
[12] La hipótesis surgió del estudio de cerebros esquizofrénicos que mostraban más receptores de dopamina en las neuronas. Aunque sus detractores afirman que podría ser consecuencia de los fármacos antipsicóticos que tomaban (que inhiben la transmisión del neurotransmisor, lo que estimularía al cerebro a producir más receptores para mantener la homeostasis) y no del propio trastorno.
[13] Gilbert-Jaramillo, J., Vargas-Pico, D., Espinosa-Mendoza, T., Falk, S., Llanos-Fernandez, …, & Palmer, C. (2018). The effects of the ketogenic diet on psychiatric symptomatology, weight and metabolic dysfunction in schizophrenia patients. Clinical Nutrition and Metabolism, 1. https://doi.org/10.15761/CNM.1000105
[14] Tomlinson, D. R., & Gardiner, N. J. (2008). Glucose neurotoxicity. Nature Reviews Neuroscience, 9(1), 36-45. https://doi.org/10.1038/nrn2294
[15] Greco, T., Glenn, T. C., Hovda, D. A., & Prins, M. L. (2016). Ketogenic diet decreases oxidative stress and improves mitochondrial respiratory complex activity. Journal of Cerebral Blood Flow & Metabolism, 36(9), 1603. https://doi.org/10.1177/0271678X15610584
[16] Hu, Y., Block, G., Norkus, E., Morrow, J., Dietrich, M., & Hudes, M. (2006). Relations of glycemic index and glycemic load with plasma oxidative stress markers. The American journal of clinical nutrition, 84, 70-76; quiz 266. https://doi.org/10.1093/ajcn/84.1.70
[17] Gano, L. B., Patel, M., & Rho, J. M. (2014). Ketogenic diets, mitochondria, and neurological diseases. Journal of Lipid Research, 55(11), 2211-2228. https://doi.org/10.1194/jlr.R048975
[18] Bansal, D. G. (2017.). How Ketogenic Diets Curb Inflammation in the Brain | UC San Francisco. https://www.ucsf.edu/news/2017/09/408366/how-ketogenic-diets-curb-inflammation-brain
[19] Que recuerda se postula son la causa última del daño neuronal que deviene en párkinson. Hablaremos de ellas en el ketómetro 20.
[20] Palmer, C. M., Gilbert-Jaramillo, J., & Westman, E. C. (2019). The ketogenic diet and remission of psychotic symptoms in schizophrenia: Two case studies. Schizophrenia Research, 208, 439-440. https://doi.org/10.1016/j.schres.2019.03.019
[21] Campbell, I., & Campbell, H. (2020). Mechanisms of insulin resistance, mitochondrial dysfunction and the action of the ketogenic diet in bipolar disorder. Focus on the PI3K/AKT/HIF1-a pathway. Medical Hypotheses, 145, 110299. https://doi.org/10.1016/j.mehy.2020.110299
[22] Phelps, J. R., Siemers, S. V., & El-Mallakh, R. S. (2013). The ketogenic diet for type II bipolar disorder. Neurocase, 19(5), 423-426. https://doi.org/10.1080/13554794.2012.690421
[23] BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA: Campbell-McBride, N. (2017). GAPS, el síndrome psico-intestinal: Un tratamiento natural para el autismo, la dispraxia, el trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad, la dislexia, la depresión y la esquizofrenia. Disponible en Amazon.
